Aliados convenientes, silencios cómplices

Resumen

Iván Cepeda y Enrique Santiago exhiben una alianza política clara. La izquierda ignora violaciones de derechos humanos en Irán y relativiza crímenes en Venezuela, mostrando complicidad con regímenes aliados.

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Aliados convenientes, silencios cómplices

Por: Cristina Plazas

Hay hechos que, cuando se miran juntos, dejan de ser coincidencias y se convierten en patrón. Esta semana ocurrió uno de esos momentos en los que la política se desnuda sola, sin necesidad de interpretaciones forzadas.

El primero tiene nombre propio: Iván Cepeda. Su trayectoria política ha estado marcada, desde hace años, por una cercanía ideológica y política con las FARC que el país conoce bien. No es nuevo recordar los debates alrededor de los computadores de Raúl Reyes, incautados en la Operación Fénix y avalados por peritos internacionales, ni su defensa irrestricta de Jesús Santrich, incluso después de su fuga y su regreso a las armas. Esos hechos han sido discutidos, explicados y relativizados hasta el cansancio por el propio Cepeda y por quienes lo rodean.

Lo que sí resulta imposible de ignorar es lo ocurrido esta semana en Madrid. En un evento político internacional, sentado en la mesa principal junto a Cepeda, estuvo Enrique Santiago, abogado de las FARC en las negociaciones de La Habana y dirigente del Partido Comunista español. No se trata de una foto casual ni de un saludo protocolario: es una señal política clara. Quien aún se niegue a reconocer la cercanía real entre Iván Cepeda y el entramado político que durante años ha defendido, justificado y servido a las FARC, no está esperando más pruebas: está eligiendo no ver.

Mientras eso ocurría en Europa, el mundo asistía —otra vez— a una tragedia de derechos humanos en Irán. Protestas masivas, represión brutal, mujeres asesinadas, jóvenes encarcelados, familias destrozadas por un régimen teocrático que no reconoce libertades básicas. Mujeres que desde que nacen no deciden sobre su cuerpo, sobre su ropa, sobre su vida. Un régimen que dispara contra manifestantes y silencia al país cortando las comunicaciones.

Y, sin embargo, el silencio. Un silencio ensordecedor. Los mismos sectores que salieron a marchar por Palestina, que se envolvieron en banderas, que gritaron consignas y exigieron pronunciamientos internacionales, hoy no dicen nada. ¿Dónde está el presidente Gustavo Petro exigiendo que cese la barbarie en Irán? ¿Dónde están los organismos multilaterales que suelen aparecer con comunicados selectivos?

La respuesta incomoda, pero es evidente: para esta izquierda, los derechos humanos importan solo cuando sirven a su ideología. Irán es aliado de Rusia y de China, y eso explica demasiadas cosas. El silencio no es neutralidad; es complicidad.

Algo similar ocurre con Venezuela. Durante años, los mismos sectores negaron la existencia de presos políticos bajo el régimen de Hugo Chávez y Nicolás Maduro. No existían, decían. Todo era propaganda. Hoy celebran la liberación de “detenidos ilegalmente”. Entonces, ¿en qué quedamos? ¿Había presos políticos o no? La respuesta cambia según convenga. El cinismo también.

Para quienes aún dudan, vale una píldora para la memoria. Juan Carlos Monedero, figura emblemática de la izquierda radical europea, fue conferencista del Pacto Histórico en su escuela de formación política. También fue invitado por el régimen de Maduro a dictar una charla de “derechos humanos” en El Helicoide, uno de los centros de tortura más temidos de Venezuela, donde incluso elogió a la llamada “policía humanista” de la revolución bolivariana. Años después, fue acusado de abuso sexual. Finjan sorpresa.

. ¿Qué es exactamente lo que admiran? ¿El intento de golpe de Estado de Chávez? ¿La persecución, la tortura, el exilio y la miseria de millones de venezolanos?

Todos estos hechos, vistos en conjunto, tienen un común denominador imposible de ocultar. El Pacto Histórico y sus seguidores han romantizado durante años a grupos terroristas como el M-19, han blanqueado su historia violenta y, ya en el Gobierno, les han dado gabelas a los grupos armados actuales, mientras relativizan sus crímenes y convierten la violencia en un asunto negociable según conveniencia política.

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