Bucaramanga tiene nuevo alcalde, pero con control remoto
Resumen
Bucaramanga eligió a Cristian Portilla como alcalde tras unas elecciones con bajo nivel de participación. Sin embargo, su liderazgo es cuestionado, y se percibe que Jaime Andrés Beltrán, un exalcalde destituido, sigue teniendo influencia significativa.
Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)
Por: Oscar Jahir Hernández Rugeles
Ocho días después de las elecciones atípicas del 14 de diciembre de 2025, donde más del 70% de los votantes prefirió hacer cualquier otra cosa distinta a ir a depositar su voto en las urnas, Bucaramanga eligió a un exasesor oscuro y desconocido como alcalde de la ciudad. Cristian Portilla, un antiguo DJ de emisoras locales, quien en su juventud llamaba estúpidos a los “tuertos”, se burlaba de los negros, tildaba a las mujeres costeñas de “vaquitas”, y señalaba a los taxistas de la ciudad como guisos por sus malos gustos musicales, es el mandatario de los bumangueses.
Y el primer hecho político de su naciente gobierno no fue un anuncio de seguridad, ni un plan de movilidad, ni una cruzada anticorrupción. Fue una indagación previa de la Procuraduría por presunta participación indebida en política, por celebrar su triunfo compartiendo tarima con Jaime Andrés Beltrán, hoy candidato al Congreso y exalcalde destituido por doble militancia. Algo que no tiene ni pies ni cabeza, al fin y al cabo, contrario a lo que pasó en Neomundo, donde esa participación se hizo más que evidente. Sin embargo, por fuera de las discusiones que esto suscita, la imagen que quedó no es un simple detalle de amistad o de protocolo, es una verdad que aquí nadie puede desconocer: quién sigue mandando es Jaime Andrés Beltrán, y Portilla, hasta este momento, no es más que el mismo títere que fue durante su corto tiempo de campaña.
Si se va a medir quien manda a partir del tiempo en micrófonos, Portilla arrancó gobernando en silencio. Si se midiera por presencia en redes sociales, Portilla solo se ve como acompañante. Y si se quisiera pesar su valor en carácter —esa rara mezcla de decisión, riesgo y liderazgo—, los bumangueses comenzamos a notar algo que es más que evidente: el gobierno parece tener jefe… pero no voz propia. A este cuadro hay que sumarle un dato esencial, como lo es el reacomodo real del poder: el nuevo alcalde ya empezó a mover su gabinete, y nombró secretario de Gobierno al exdiputado liberal Alfonso Pinto. Hasta aquí, normal.
Lo inquietante de esta elección, es que la persona que nombró le gana en la conversación pública, en el tono, en la manera de ocupar el espacio político, en la forma de entender la administración, porque de lejos, Pinto es mucho más que Portilla, quien solo sabe presentar como abogado reclamaciones pensionales. Desde ya, la ciudad va a comenzar a ver a un secretario con más personalidad que el propio alcalde, y no porque Pinto o los que vengan sean “demasiado”, sino porque Portilla se ve “muy poco”.
En definitiva, la lección que nos deja a los ciudadanos esta contienda electoral es que el liderazgo no se puede subcontratar. Viene un año muy importante, en el que es necesario que aparezcan nuevos liderazgos capaces de emocionar a una ciudadanía que se cansó de tanta farsa.