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Cambio de mando

El artículo cuestiona el legado del gobierno saliente y advierte que no conviene unir la Justicia con la política en la nueva reorganización estatal.

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Mañana habrá cambio en el mando de la nación; se despide un gobierno que desperdició una gran oportunidad para realizar los cambios que tanto anunció y que se quedaron en el aire en su gran mayoría, superados por cuatro años de desgobierno, corrupción generalizada y con una alta nota de impuntualidad, desorden en lo personal, y hasta con un tufillo de todo lo que sabemos.  Un gran fiasco es lo que significó la gobernanza del “pacto histórico” en esta república, que se vio diezmada en su institucionalidad y en su equilibrio democrático.

La sociedad reaccionó y escogió al movimiento político que ahora comienza a gobernar un país llenó de frustraciones y de expectativas. “Defensores de la Patria”, ahora reconocido como partido político, no la tiene fácil; recibe un país dividido, su contrincante perdió por trescientos mil votos, ha anunciado desobediencia civil, nueva era de la oposición; hay treinta billones de déficit presupuestal; crisis en la seguridad a causa de la equivocada política de “Paz total”, que fomentó los grupos al margen de la ley, la impunidad y el negocio del narcotráfico; crisis en la salud, en el sector energético, etc.

Sin embargo, hay todo un catálogo de buenas intenciones para que el país salga adelante, se garantice la propiedad privada, la seguridad, la libertad empresarial, un sistema adecuado de salud y un respeto por la Constitución, la ley y las instituciones democráticas.

El gobierno saliente fue un despilfarrador del erario público; creció la burocracia, la contratación paralela, sin reparar en los ingresos fiscales. El próximo gobierno ha anunciado la reducción en el gasto, incluso al punto de reducir la estructura del estado, que se encuentra sobredimensionada en todos los órdenes. A buena hora, una política de austeridad que anhelamos la mayoría de los colombianos.

Sin embargo, hay que andar con cuidado y con mucho tino en su implementación.   Un rumor se ha asomado, anunciando que se podría incluso, suprimir el Ministerio de Justicia, que pasaría a ser una dependencia del Ministerio del Interior.   Mala señal se daría al dar ese paso, que incluso se implementó en el pasado y hubo que reversarlo.

No es prudente unir la justicia con la política, es como mezclar el agua y el aceite.  No debe ser la misma agencia la que se ocupe de la interrelación con el Congreso y con las Cortes de Justicia. Para el manejo del Congreso, se requiere de transacción, habilidad, compromiso con políticas de gobierno; es el arte de Fouché.  En cambio, el relacionamiento con las Cortes supone seriedad, respeto por las leyes, por la independencia de poderes y la Constitución; son las artes de Montesquieu.   

Poner al jerarca de la política a manejar también las relaciones con la justicia no deja de ser una tremenda equivocación. Ojalá los asesores presidenciales, no pongan al nuevo gobierno a dar ese paso equivocado.