Candidato a la vicepresidencia propone revivir la pena de muerte en Colombia
El aspirante a la Vicepresidencia Carlos Fernando Cuevas llegó a EL FRENTE con la energía de quien no pretende pasar desapercibido. Su visita a esta casa editorial no fue una convencional sino una puesta en escena de su narrativa política: una mezcla de épica personal, identidad santandereana y un discurso de mano dura que, más que matices, ofrece certezas tajantes.
Por Camilo Ernesto Silvera Rueda - Redacción Política / EL FRENTE
A sus 31 años, fórmula del candidato presidencial Santiago Botero, Cuevas intenta construir una imagen que combina el emprendimiento desde la infancia, el arraigo regional y una visión de país centrada en un concepto único: justicia. Sin embargo, detrás de ese relato, emergen contradicciones, vacíos programáticos y una retórica que bordea peligrosamente los límites institucionales.
Cuevas se presenta como un producto genuino de la cultura del rebusque colombiano. Su historia, repetida con precisión narrativa, arranca en la plaza de mercado: un niño que vendía galletas “cucas” hechas por su abuela, que luego cuidaba motos y que, con los años, transitó por oficios como mensajero, agricultor y comerciante.
Ese relato no es casual. Es la columna vertebral de su discurso político: el emprendedor que “se hizo solo”, que desconfía del Estado asistencialista y que reivindica la producción como motor de transformación social.
Sin embargo, más allá del componente simbólico, su trayectoria empresarial no es detallada con la misma profundidad con la que se exalta. Aunque afirma haber liderado negocios con ingresos millonarios y generando cientos de empleos, no ofrece cifras verificables, sectores específicos ni impacto medible de sus empresas, lo que deja su experiencia en un terreno más testimonial que técnico.
Santander como identidad política
Uno de los elementos más insistentes en su intervención es su vínculo con Santander. Aunque nació en Bogotá, Cuevas recalca que fue registrado en Málaga y que su formación personal y laboral está ligada al departamento.
Ese énfasis no es menor. En una región históricamente orgullosa de su carácter político y con una larga sequía de representación en la Presidencia, el discurso de Cuevas apela a una identidad colectiva que mezcla orgullo regional con una narrativa de abandono estatal.
Su paso por escenarios como la Central de Abastos de Bucaramanga y su experiencia en zonas rurales son utilizados como credenciales de cercanía con el ciudadano común. No obstante, su discurso omite una lectura más compleja del territorio: no hay referencias a problemáticas estructurales como la desigualdad regional, la crisis ambiental o la informalidad económica más allá de menciones generales.
La herencia de Rodolfo Hernández
Cuevas no oculta su influencia política. Su paso por el movimiento del excandidato Rodolfo Hernández es reivindicado como un punto de quiebre en su vida pública.
De allí hereda dos elementos clave: el lenguaje disruptivo y la confrontación directa con la clase política tradicional. En su intervención, la política es descrita como una “vagabundería” y un espacio capturado por intereses particulares.
Este estilo, que en su momento capitalizó el descontento ciudadano, reaparece en Cuevas con un tono aún más radicalizado. Su discurso no busca consensos ni matices, sino polarización y ruptura. En ese sentido, se posiciona más como un agitador político que como un constructor de acuerdos.
A diferencia de otros candidatos que estructuran sus programas en múltiples ejes, Cuevas reduce su propuesta a un solo concepto: justicia. Según él, todos los problemas del país desde la inseguridad hasta la pobreza tienen una causa común: la impunidad. Su solución es lo que denomina una “reforma quirúrgica” al sistema judicial, que incluye eliminación de beneficios penales, endurecimiento de condiciones carcelarias, modificación de la Constitución en su componente judicial, y, la más controversial: la reintroducción de la pena de muerte para ciertos delitos.
Este último punto marca una ruptura frontal con el ordenamiento jurídico colombiano y los compromisos internacionales en derechos humanos. Aunque Cuevas intenta limitar su propuesta a casos específicos como políticos cuya corrupción derive en muertes, la propuesta plantea serios cuestionamientos sobre su viabilidad legal y ética. Más aún, su discurso va acompañado de expresiones que sugieren una visión punitiva extrema, donde la justicia se acerca más a la retaliación que al debido proceso.
Seguridad, economía y minería
En materia económica, Cuevas plantea una defensa abierta del modelo extractivo. Su propuesta es clara: explotar los recursos naturales del país (petróleo, gas y minerales) como vía para generar riqueza.
Aunque menciona la necesidad de cumplir estándares ambientales, no profundiza en cómo se equilibraría esta política con conflictos socioambientales actuales, especialmente en regiones como Santander, donde la minería ha generado tensiones por el impacto en ecosistemas estratégicos.
Su crítica al gobierno actual se centra en lo que considera una incapacidad para “producir”, pero nuevamente, el diagnóstico supera a la propuesta concreta.
Frente a la política de “paz total”, Cuevas adopta una postura radical: rechaza cualquier intento de negociación con grupos armados ilegales y plantea una estrategia basada exclusivamente en la confrontación.
Este enfoque desconoce experiencias previas de negociación en Colombia y reduce un conflicto complejo a una lógica de fuerza, lo que abre interrogantes sobre sus posibles efectos en términos de escalamiento de la violencia.
Carlos Fernando Cuevas representa un fenómeno cada vez más visible en la política colombiana: liderazgos jóvenes que emergen desde el discurso antisistema, con fuerte carga