Colombia votó. Y eso lo cambia todo

Resumen

El 8 de marzo, a pesar del miedo y amenazas, millones de colombianos votaron. El Pacto Histórico lideró el Senado. La institucionalidad, aunque imperfecta, se mantuvo a pesar de dificultades. Estas elecciones mostraron que la democracia en Colombia sigue viva.

Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)
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Colombia votó. Y eso lo cambia todo

Por: Felipe Rodríguez Espinel

Hubo cientos de denuncias por compra de votos, candidatos capturados con fajos de billetes, y hasta 300 direcciones IP intentando colapsar los servidores de la Registraduría al mismo tiempo. Y, sin embargo, más de cuarenta y un millón de colombianos tenían la posibilidad de votar. Millones lo hicieron. Eso, en este país y en este momento, no es un dato menor.

Colombia llegó a estas elecciones cargando un peso difícil de describir. El magnicidio del precandidato Miguel Uribe Turbay, ocurrido en agosto pasado, instaló en la campaña un miedo que no se dice en voz alta pero que todo el mundo siente. La polarización entre el Petrismo y el Uribismo ha llegado a un nivel en el que hasta compartir un titular de noticias se convierte en un acto político. Y, aun así, la gente salió a votar. Con miedo o sin él, salió.

Los resultados del 8 de marzo dejaron varias certezas. El Pacto Histórico se consolida como la primera fuerza del Senado con cerca de 25 curules, pero sin mayoría absoluta. El Centro Democrático crece y se perfila como la oposición más organizada, con Paloma Valencia como su carta presidencial tras haber obtenido más de tres millones de votos en la Gran Consulta por Colombia, una cifra que nadie en la derecha había logrado en mucho tiempo.

Pero más allá de los nombres y los números, lo que estas elecciones demostraron es algo más profundo: la institucionalidad colombiana aguantó. Con todas sus grietas, con todos sus vicios, aguantó. La Misión de Observación Electoral reportó irregularidades en 49 municipios de 22 departamentos, el Gobierno recibió 940 alertas por posibles delitos electorales, y el propio presidente Petro salió a denunciar anomalías en redes sociales, aunque en al menos un caso lo hizo con una fotografía equivocada, confundiendo a un senador inocente con un capturado. El caos estuvo presente, como siempre. Pero el proceso no se detuvo.

Hay algo que los analistas solemos pasar por alto: votar en zonas de conflicto armado no es un acto rutinario. Es un acto de valentía. Cada colombiano que se formó en una fila en Arauca, en el Catatumbo, en el Pacífico o en la Amazonia, sabiendo que a pocos kilómetros había grupos armados operando, le dijo al miedo que no ganaba hoy. Eso no aparece en ningún boletín de la Registraduría, pero es la noticia más importante de la jornada.

Colombia se encamina hacia unas elecciones presidenciales el 31 de mayo que serán, probablemente, las más complejas en décadas. Hay más de diez candidatos para la primera vuelta, una polarización sin tregua y una abstención que preocupa. Pero el 8 de marzo dejó una lección que conviene no olvidar, cuando los colombianos deciden participar, el terrorismo pierde, la compra de votos pierde, los ciberataques pierden. La democracia es imperfecta en este país, como en casi todos. Pero sigue viva. Y eso, hoy, es suficiente razón para no rendirse.

 

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