De ideas, Jeffrey Epstein y la segunda crucifixión
Resumen
La escritura va más allá de la redacción; es crucial capturar ideas antes de que se pierdan. Reflexionar sobre temas como los documentos de Epstein revela la decadencia en la sociedad, donde lo que debería provocar indignación se normaliza, sin consecuencias ni cambios.
Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)
Para los que quieren escribir, solo puedo dar un consejo: tengan siempre a la mano una libreta y un lápiz. No hay nada más frustrante que tener una buena idea y no anotarla, creyendo que después la recordaremos con la misma pasión con la que apareció.
Lo digo porque en este oficio de escribir columnas, quizás lo más difícil no es redactar: es que surjan ideas que valga la pena compartir. Ideas que interesen al lector común. Que digan algo en medio del ruido.
Yendo de mi casa al trabajo, se me ocurrió que podía escribir sobre los documentos filtrados de Jeffrey Epstein. No es que haya olvidado el tema en general. Es que olvidé lo más importante: hacia dónde enfocarlo. Recordaba que había algo poderoso ahí, algo que me había provocado una sensación concreta. Pero como no pude anotarlo, ahora que me siento a escribir solo me queda la rabia de no tener la memoria suficiente para rescatar ese sentimiento intacto.
Eso ya no importa. Lo que sí importa es que, en estos tiempos de contradicciones, despilfarros, sinvergüencería y estupidez social, detenerse a mirar esos documentos es una confirmación de que el mundo está jodido. Que el universo, en cierto sentido, ya está acabado. Garavito sería un lacayo al lado de los personajes que aparecen en esos leaks.
Y yo soy de los que creen que hay cosas que es mejor no saber. No por cobardía, sino por desconfianza. Yo no confío en el juicio humano. Cuando una persona tiene desórdenes mentales – y cualquier cosa que se salga de la normalidad natural lo es – no hay manera de confiar en esa cordura. Al final, lo único seguro es que cada individuo actuará de acuerdo a su propio interés.
Si alguien quiere ser un “therian”, no porque tenga un problema sino porque está convencido de que es normal, su sensatez irá en dirección de sus impulsos. Lo de Epstein es igual de loco. Y por eso digo que es mejor no saberlo. Primero, porque perturba. Porque es enfermo. Porque, aunque muchos de los mencionados, por fuera, actúen como ciudadanos respetables, saberlo es dormir con migraña. Pero lo que más pone los pelos de punta, aparte de lo conocido, es lo que no ocurre después.
En la opinión pública poco pasa y nada cambia. Es como lo de Petro en Panamá. Los chats de Nicolás con Day sobre sus peas y las cartas de Leyva. Como si ya todo fuera normal. Como si el sujeto involucrado no tuviera ningún reparo en aceptar el desorden. Y ahí fue cuando recordé la imagen que había tenido en el carro.
Pensé en Jesús y pensé en Dios. A los que quieren saber con certeza si existe un cielo o si Dios está con nosotros, déjenme decirles algo: ninguno de los dioses sería tan pendejo como para aparecerse y decir, con total claridad, que si se portan bien tendrán recompensa y si hacen lo contrario irán al infierno.
Ellos saben que, apenas se manifiesten, el humano, como en cualquier película, empezará a dudar y a burlarse. Y si la realidad ya parece una fábula, con tanto loco creyendo ser gato y portándose como burro, entonces lo primero que harán, si no les conviene, será refutar toda noción de bondad. Rechazarla si no justifica sus desórdenes.
En ese momento, los terraplanistas, los pastafaristas y el propio Club Epstein mandarían a comer mierda al Dios manifestado… y la humanidad, actuando a conveniencia, lo lincharía y lo crucificaría nuevamente.