De la calma, la arquitectura y el peligro

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Resumen

En Lima, en medio de una aparente calma, el narrador presencia un violento sicariato. La experiencia revela que la tranquilidad superficial puede ocultar peligros y que es crucial ser cauteloso ante ciudades y vidas que parecen demasiado serenas.

Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)
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by Edgar Muñoz
De la calma, la arquitectura y el peligro

La visión no siempre alcanza; a veces hace falta olfato. En 2017 yo vivía en Lima, en Miraflores, justo al frente del malecón Armendáriz. Para quienes conocen bien la capital peruana, desde mi balcón podía ver la Universidad UTEC, famosa por su arquitectura brutalista y moderna, y más allá, el mítico barrio de Barranco.

Mi vida personal estaba algo desordenada. Acepté aquel camello precisamente para alejarme de la zozobra que me dejó el divorcio y comencé esa nueva etapa con la idea, quizá infantil, de “reinventarme”. Al principio todo fluyó con normalidad: la introducción al equipo, la nueva oficina, el carro asignado por la compañía, el apartamento y las noches bohemias de música en el Gato Tulipán, en Barranco. Estaba en forma; había dejado el cigarrillo y solía trotar a diario, lo que me mantenía entre los 78 y 80 kilos, según la báscula que me pesara.

Teníamos dos obras importantes cuyos indicadores de producción debíamos mejorar. La primera consistía en llevar gas a distintas casas en San Juan de Lurigancho y San Martín de Porres, los dos barrios más grandes de Lima. La segunda eran unas troncales de gas en Arequipa, a donde procuraba ir una vez al mes. Confieso que no me gustaba viajar a Arequipa, no por aversión a la ciudad (es de las más lindas que conozco), sino por los vuelos turbulentos a los que uno se exponía para llegar allá.

El caso es que yo sabía lo que hacía, entendía dónde estaba y aceptaba mi situación. Quizá por eso me resultó tan fácil y conveniente hacer amistades y cerrar buenos negocios con los peruanos, a quienes hoy considero hermanos.

Pero, para ser precisos, como el águila, yo veía lejos, aunque algo no estaba bien. Cuando se es colombiano y se vive afuera, no sé si sea algo personal o un inconsciente colectivo, uno tiende a pensar que nada es tan inseguro como nuestras calles. Cree que, si ha sobrevivido a la historia violenta de nuestra patria, afuera todo debería ser más sencillo.

Eran las cinco de la mañana cuando escuché el chillido de unas llantas y luego un golpe seco. Fue un estruendo. Me levanté de inmediato. Desde mi cuarto, lo primero que vi fue el amanecer posándose sobre el techo de la UTEC. Pero al mirar hacia abajo —vivía en un piso once— vi una camioneta montada sobre la acera del parque Armendáriz, en el carril que baja al espigón Bordemar.

Dos motos, una al frente y otra de lado, sacaron sus armas y balearon la camioneta con ráfagas intensas. Todo ocurrió en segundos. Una moto subió en contravía y la otra bajó hacia La Rosa Náutica. Nunca en mi vida había presenciado un sicariato, y menos algo tan violento. Con una bala habría bastado, pero aquello parecía una escena de guerra. Ni Rambo disparaba tanto.

Ese olfato no lo tenía: el de entender que, en medio de tanta calma, la paz no siempre es real.

Cuando llegué a la oficina, todos hablaban del homicidio. La víctima había sido un ingeniero importante de Lima, alguien vinculado a la alcaldía o a una entidad pública; no lo recuerdo con precisión. Les mostré las fotos que había tomado. No por morbo. No sé bien por qué las tomé.

El mensaje es simple y no pretende dar lecciones. A veces no basta con sentirse en calma. La calma también se observa, se olfatea. Porque cuando una ciudad empieza a parecerse demasiado a sus habitantes, como advertía Platón, no siempre mejora la ciudad: a veces empeora el ciudadano.

Por eso conviene desconfiar de las ciudades demasiado tranquilas y de las vidas que parecen haber encontrado su lugar. La calma, cuando no se vigila, suele ser el preludio de algo peor. Y casi siempre nos damos cuenta demasiado tarde.

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por Edgar Muñoz
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