De la Colonia, las jerarquías y Carrusel
Resumen
El libro 'La marca de España' de Enrique Serrano explica cómo la mentalidad colonial influye en los comportamientos actuales de los latinoamericanos, revelando la persistente obsesión por blanquear el origen y el desprecio por lo indígena o negro.
Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)
Por: Edgar Julián Muñoz González
Hay libros que explican más que mil videos de TikTok compartidos miles de veces por miles de personas. La marca de España, de Enrique Serrano, es uno de ellos. A mi juicio, uno de los mejores libros escritos en Colombia. Y cuando digo que es uno de los mejores libros, no hablo como experto, sino como lector. No solo por su rigor histórico, sino porque logra descifrar comportamientos, complejos y silencios que todavía nos habitan como sociedad. No habla solo de España ni del pasado sino de nosotros.
Por eso vuelvo a ese libro ahora. Porque lo ocurrido con la famosa doctora Liliana y el video que circuló con tanta indignación no debería sorprendernos. Por el contrario, ese episodio revela algo que muy adentro carcome al latinoamericano y que mi generación sabe que existe desde que veíamos cómo María Joaquina trataba a Cirilo en Carrusel. Ese video expone los sentimientos que carcomen al colombiano. Dice en voz alta lo que muchos y muchas piensan, pero callan (y está bien que lo callen). Pero ese pensamiento tiene una raíz vieja, persistente y estructural: la marca de España.
No es una maldición nuestra venir de allá. Tampoco es un problema genético ni geográfico. Es una maldición simbólica. Una herencia mental. La obsesión por parecernos al europeo, por blanquear el origen, por mirar con desprecio todo lo que huela a indígena o a negro. Serrano es santandereano. Un barramejo que de seguro lo experimentó y por eso lo muestra con crudeza. Sepamos algo todos y todas: esa marca no desapareció con la independencia, porque nunca hubo un verdadero desprendimiento cultural. Muchos querían dejar la Corona, pero no las jerarquías. Ahí está incluido Simón Bolivar y su séquito.
La historia nos cuenta los hechos cumplidos: el grito de 1810, la revolución universitaria de Quito un año antes, los comuneros varias décadas atrás. Pero rara vez nos revela los sentimientos. ¿Qué pensaba realmente esa sociedad? ¿Qué temía perder? ¿Qué no estaba dispuesta a soltar? Es casi imposible reconstruirlo del todo, y quizá por eso preferimos quedarnos con relatos heroicos y fechas patrias, sin preguntarnos demasiado.
Y tal vez ahí está el rencor. Nos hemos acostumbrado a sentir orgullo de ser colombianos por habernos independizado, cuando el verdadero mérito es que, a pesar de diferencias culturales titánicas entre el norte y el sur, entre la costa y el interior, entre lo andino, lo amazónico y lo caribe, seguimos siendo uno solo. No es poca cosa.
La Gran Colombia suele presentarse como una utopía frustrada. Yo no estoy tan seguro. Para ser utopía, la teoría tendría que haber sido tan bella que nunca pudiera realizarse. Pero la Gran Colombia no fracasó por idealista, sino por mediocre. Porque esos pueblos unidos jamás lograron verse como iguales. Porque la marca de España, no la del idioma o la del español, sino la de la mentalidad colonial, seguía diciendo quién valía y quién no.
Esa es la marca que aún nos pesa. La que insiste en que somos europeos de segunda y que todo lo que no encaje en ese molde es basura. Mientras no rompamos con esa idea, seguiremos indignándonos por videos, pero repitiendo, en el fondo, la misma lógica que fingimos condenar.