De la guerra, la cámara y la verdad

Resumen

La Guerra Civil Española fue un conflicto fratricida que mostró las pasiones humanas. La fotografía, con figuras como Robert Capa y Gerda Taro, capturó la crudeza de esa realidad, dejando un testimonio más allá de cualquier propaganda.

Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)
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by Edgar Muñoz
De la guerra, la cámara y la verdad

La Guerra Civil Española terminó oficialmente el 1 de abril de 1939, en Burgos, cuando Francisco Franco firmó el último parte de guerra declarando la victoria. Comenzaron 40 años de dictadura. Pero las guerras no terminan cuando se firman los papeles. Si es que terminan, lo hacen cuando se apaga el odio. Y en España, aquello ha sido una herida larga.

Fue una guerra terrible. No solo por lo que implica cualquier guerra, sino por su carácter fratricida. Tampoco en el sentido metafórico de que “todos somos hermanos”, sino en el sentido literal: hermanos de sangre enfrentados por ideas que, vistas desde los ingenuos del presente, muchos reducen a etiquetas simples. Pero sería un error si yo también catalogara los conflictos bélicos como simple estupidez humana. Las guerras civiles son convicciones profundas, con miedos reales, con pasiones que desbordan cualquier lógica de bondad.

Desde el arte, el conflicto destapa el alma humana. Puede revelar al psicópata, al oportunista, al traidor o también al artista verdadero. Puede convertir el dolor en propaganda o en testimonio vivo de lo que en realidad implica.

Se habla siempre del Guernica de Pablo Picasso, de los versos de Antonio Machado que murió exiliado cruzando la frontera francesa. Se recuerda también a Federico García Lorca, asesinado al inicio del conflicto. La literatura y la pintura hicieron su parte. Dominique Lapierre, en su libro ¿O llevarás luto por mí?, uno de mis favoritos, bajo la mirada del famoso torero Manuel Benítez “El Cordobés”, cuenta la historia de España durante la dictadura.

No obstante, si hubo un arte que logró congelar la verdad brutal de aquel conflicto, fue la fotografía. Yo he sido seguidor de Robert Capa y de Gerda Taro. Ambos judíos obligados a abandonar su patria. Ambos reinventados incluso en sus nombres. Valentía o locura, depende del ángulo desde el que se mire. Pero nadie puede negar que estuvieron ahí, lo suficientemente cerca como para que el mundo apenas pudiera fingir que no sabía.

En “La chica de la Leica”, de Helena Janeczek, Gerda aparece como una mujer hermosa y aventurera. Liberal, astuta, decidida. Al leerla, uno termina sintiendo amor por esa figura que parece moverse entre el humo del cigarrillo y el polvo de los frentes de batalla. La imagino concentrada, buscando el instante exacto para inmortalizarlo. Luego, en el cuarto oscuro, revelando imágenes con la misma mezcla de paciencia y urgencia que exige la guerra. Gerda murió aplastada por un tanque republicano en 1937, en Brunete. Tenía 26 años.

Henri Cartier-Bresson dijo alguna vez que “una fotografía no es lo suficientemente buena si no estás lo suficientemente cerca”. Es una frase certera porque estar cerca implica riesgo, polvo, sangre, metralla. Hoy abundan los zooms. Teleobjetivos que permiten capturar sin exponerse. Pero la nitidez no es el alma de una imagen. Lo que importa es la composición y, sobre todo, la historia que cuenta.

Capa lo demostró el 6 de junio de 1944. Saltó con las tropas aliadas en Normandía con su cámara Contax de 35 mm. Tomó más de diez rollos. Un error en el laboratorio arruinó casi todo. Solo sobrevivieron once imágenes imperfectas. Y, sin embargo, esas fotografías transmiten mejor que cualquier superproducción de Hollywood lo que fue el desembarco: caos, miedo, agua helada, cuerpos que avanzan sin saber si el siguiente segundo será el último. Robert Capa murió en 1954, en Indochina Francesa (actual Vietnam), al pisar una mina mientras cubría la guerra.

La Guerra Civil Española terminó hace más de ochenta años. Y tal vez la verdadera victoria del arte sobre los conflictos es que, a pesar de la propaganda y de las versiones oficiales, alguien estuvo lo suficientemente cerca como para dejar constancia. La fotografía no detuvo la guerra. Tampoco evitó la muerte de Gerda ni de Robert. Mucho menos impidió la dictadura de Franco. Pero nos obligó a mirar.

Y contemplar, cuando se hace de verdad, es el primer acto de responsabilidad frente a la historia. Ojo Colombia. No estamos tan lejos de convertir al adversario en enemigo. Y hoy tambien abundan imágenes, pero no siempre verdad.

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por Edgar Muñoz
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