De la modernidad, el carácter y la historia

Resumen

“Historia de dos ciudades” de Dickens revela la crudeza de la Revolución Francesa, explorando la tragedia humana y las paradojas de libertad. El encuentro entre Lorry y Jerry al inicio marca el tono sobre una era que oscilaba entre lo mejor y lo peor.

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by Edgar Muñoz
De la modernidad, el carácter y la historia

He estado leyendo “Historia de dos ciudades”. No he querido avanzar demasiado rápido. Hay libros que obligan a detenerse un momento antes de seguir. Dickens comienza con una frase que todavía describe bien a cualquier tiempo: “Era la mejor época y era la peor época”.

Los primeros capítulos son alucinantes. El encuentro entre Lorry y Jerry en el camino hacia Dover tiene algo de fantasmagórico. Dover es un puerto blanco frente al canal, y al otro lado está Calais. Siglos después sería también el lugar al que regresarían las tropas británicas evacuadas de Dunkerque. Pero Dickens no está pensando en guerras futuras. Está narrando el inicio de una tragedia humana durante la Revolución Francesa.

Lorry viaja para encontrar a un hombre al que todos creen muerto. El doctor Manette había pasado dieciocho años encerrado. Aquí es inevitable recordar a Edmond Dantès en El conde de Montecristo. Trece años prisionero en el castillo de If. Aun así, Dantès tuvo compañía, el abate Faria. Un maestro. Una conversación. Manette no tuvo nada. Durante casi dos décadas su hija creció creyendo que su padre estaba muerto. Su esposa murió sin saber qué había sido de él. Dickens describe desde el inicio la crudeza de esa época.

La Revolución Francesa suele enseñarse como el nacimiento de la libertad moderna. En muchos sentidos lo fue. Pero también fue un tiempo de sangre. Las ideas de libertad y razón terminaron alimentando una maquinaria que nadie parecía capaz de detener. La guillotina terminó hablando en nombre de la ley, bajo la convicción de Robespierre de que todo se hacía por la virtud y por el pueblo. Uno se pregunta si aquellos ilustrados que escribían sobre libertad imaginaron el destino de sus ideas cuando pasaran a las manos de los hombres. Tal vez no.

Ese es uno de los problemas permanentes de la política. La teoría puede estudiarse, la práctica solo se entiende cuando se vive. Todos somos ignorantes en algún grado. Podemos leer mucho sobre filosofía, política o economía, pero comprender la conducta humana es otra cosa.

Y es que la mayoría de las ideas más sensatas sobre la vida aparecieron mucho antes que nuestras discusiones modernas. Hace veinticinco siglos Confucio ya hablaba de rectitud, de dominio de sí mismo y de tratar a los demás como uno quisiera ser tratado. Siglos después Jesús diría cosas muy parecidas. Sin embargo, no ocupan el mismo lugar en la memoria del mundo. Tal vez sea porque uno fue un funcionario que enseñó virtudes desde el gobierno, el otro fue un carpintero que terminó muriendo por aquello que predicaba.

En política suele ocurrir lo contrario. Los discursos más “hermosos” reciben aplausos inmediatos y las promesas abundan. Mientras tanto, los ciudadanos somos fácilmente manipulables. A veces basta con pan y gaseosa. Sin embargo, con el tiempo uno aprende a reconocer ciertas señales. El corrupto suele hablar con entusiasmo de acabar la corrupción. El hombre honrado suele admitir que ese mal es difícil de erradicar. ¿Quién es el bueno? El que dice lo que queremos oír o el que dice lo que probablemente no queremos escuchar. Solo el que actúa en consecuencia de la bondad según lo que dice, es al que podemos admirar sin vergüenza.

Si las dos ciudades de Dickens fueran un espejo de nuestro tiempo, descubriríamos que los grandes cambios de la historia rara vez han sido tranquilos. Siempre dejan víctimas inocentes y culpables. Quizás por eso cada generación cree vivir en la mejor época. Pero basta con que las ideas superen el carácter de quienes las defienden para que, de pronto, la mejor época vuelva a convertirse en la peor.

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por Edgar Muñoz
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