De la tranquilidad, la incertidumbre y el carácter

Resumen

La fórmula Valencia-Oviedo transmite seriedad y decencia, generando una tranquilidad inusual en Colombia. Sin embargo, deben demostrar una disposición de mando firme para convencer a un país que necesita liderazgo decidido frente a desafíos persistentes.

Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)
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De la tranquilidad, la incertidumbre y el carácter

Por: Edgar Julián Muñoz González

Colombia se acostumbró tanto a la vulgaridad e improvisación, que ya es extraño sentir tranquilidad frente a una fórmula presidencial. Y, sin embargo, eso es justamente lo que me produce la dupla conformada por Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo. Aunque no me convence.

Confieso que no esperaba sentirlo y tampoco me gusta inclinarme al instinto básico de evitar los conflictos. Pero esta vez hay algo distinto que rompe paradigmas. Ambos transmiten seriedad, preparación y decencia.

Por supuesto, la tranquilidad no elimina las incertidumbres. Más bien las vuelve interesantes, porque una cosa es proyectar sensatez, y otra gobernar un país donde los grupos son estructuras sádicas y financiadas, que demasiadas veces han convertido la paz en un comodín para ganar tiempo y volver a matar con más capacidad.

¿Entienden Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo que gobernar Colombia exige, además de inteligencia y buenas intenciones, dureza moral para usar la fuerza legítima del Estado cuando sea necesario?

Un presidente debe tomar decisiones trágicas, ordenar operaciones militares e impedir bloqueos que asfixian ciudades y destruyen el comercio. Debe entender que la autoridad no es una grosería ni una concesión vergonzante de la derecha, sino una condición básica de la libertad de los ciudadanos decentes. Esas decisiones tienen costos, zonas grises y daños colaterales. Así de duro es el poder cuando se ejerce de verdad.

Por eso la inquietud mía, y de muchos, no nace de la mala fe, sino del cansancio. Estamos mamados del lenguaje del diálogo como sustituto de la realidad. De escuchar que todo se resuelve conversando mientras los violentos usan cada tregua y gestos de debilidad del Estado para rearmarse y ampliar su negocio. Colombia ya recorrió ese camino demasiadas veces.

Juan Manuel Santos cargará siempre con la responsabilidad en esa ilusión mal entendida. Iván Duque, por miedo o por falta de carácter, terminó sin corregirla. Y Gustavo Petro ha dejado al desnudo el sentido real de no acabar la guerra, sino administrarla de una manera que termine fortaleciendo a sus amigos, quienes jamás han tenido la intención de dejar de deinquir. Esa es la “paz total”.

La fórmula Valencia-Oviedo puede despertar esperanza. Pero esa esperanza tendrá que convencer al país de que no solo representa un relevo de estilo, sino una verdadera disposición de mando.

Y aquí entra la incertidumbre de las encuestas. Hace un tiempo escribí que nos vendieron la idea de que una muestra representativa geográficamente garantiza precisión, cuando en una presidencial puede ocurrir exactamente lo contrario. Una encuesta puede ser muy fiel al mapa de Colombia y, aun así, equivocarse sobre el país que decide. Tal vez por eso la política sigue sorprendiendo a quienes creen entender esta Nación. Pero Colombia es más que la aritmética de la representatividad. Y ese es el punto. La tranquilidad que hoy produce esta dupla debe convertirse en un examen bien medido y justo.

Si quieren convocar de verdad a ese electorado que no es de izquierda, tendrán que demostrar que entienden la naturaleza del país que aspiran dirigir. Deberán probar que la decencia no está reñida con la firmeza, que la sensatez no significa blandura y que el optimismo jamás implica ingenuidad. Colombia no necesita más predicadores de conciliaciones infinitas, sino gobernantes capaces de defender a los ciudadanos de bien cuando el diálogo fracasa.

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