Del Libertarismo, el comunismo y el Estado

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Resumen

El libertarismo del siglo XIX veía al Estado como un peligro. Hoy, este controla bajo el disfraz de bienestar, mientras la libertad queda como daño colateral. Menos reglas y más responsabilidad; el debate actual no es entre ideologías, sino sobre la fe ciega en el poder estatal.

Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)
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by Edgar Muñoz
Del Libertarismo, el comunismo y el Estado

Ojo a lo que voy a decir: Durante buena parte del siglo XIX, los libertarios jamás fueron vistos como una extravagancia de derecha, sino como una de las ramas más duras de la izquierda. Compartían con socialistas y anarquistas el odio profundo frente al poder, al capital concentrado y, sobre todo, al Estado. Aunque tenían un par de diferencias: unos querían domesticarlo, los libertarios querían reducirlo al mínimo. Con el tiempo, el comunismo se impuso como corriente dominante en la izquierda y logró convertir al Estado en virtud moral.

Ese fue el quiebre. Desde entonces, el problema dejó de ser el poder y pasó a ser quién lo ejerce. El marxismo-leninismo, asumió que el Estado no era un peligro en sí mismo, sino una herramienta neutral que podía usarse “para el bien”. Algo típico en los ambiciosos. Así, la vieja desconfianza opositora fue sustituida por una fe casi religiosa en la capacidad del aparato estatal para ordenar la sociedad, corregir desigualdades y definir qué es una vida digna.

John Locke advertía que el Estado no nace para dirigir la vida de los ciudadanos, sino para proteger derechos previos como la vida, la libertad y la propiedad. Cuando ese orden se invierte, cuando el Estado deja de ser un guardián y se convierte en administrador moral, deja de cumplir su función y se transforma en un problema, en un bully. Hoy en día basta observar cómo, en nombre del bienestar, se multiplican las reglas, los controles y las sanciones, siempre bajo la promesa de que son por nuestro propio bien.

El progresismo contemporáneo ha perfeccionado ese mecanismo. Gobierna desde el discurso y suprime la ley a capricho. Se apropió de conceptos como salud, educación y vida para convertirlos en herramientas políticas incuestionables. ¿Quién podría oponerse a la salud, a la educación o a la “Paz”? El problema no es el objetivo, sino el método: cuando esos valores se usan para justificar la expansión constante del control, la libertad se convierte en un daño colateral aceptable.

Isaiah Berlin lo explicó al distinguir entre libertad negativa y libertad positiva. La primera se refiere a la ausencia de interferencia; la segunda, a la idea de que alguien puede decidir por nosotros lo que nos conviene. El drama actual, y por lo que nos estamos enfrentando con familia y amigos, es que la libertad positiva terminó sirviendo de excusa para limitar la libertad real. No se nos prohíbe vivir; se nos indica cómo hacerlo correctamente.

El poder moderno no se impone con represión, sino con cuidado, normalización y administración de la vida. El control más eficaz es el que educa, previene y orienta. En ese sentido, al Estado contemporáneo le basta con presentarse como protector.

No es casual que fenómenos como las criptomonedas ganen terreno. Más que una conspiración ideológica, es un síntoma. Cuando las personas dejan de confiar en las reglas, buscan alternativas. Créanme que ningún burócrata, por bien intencionado que sea, puede reemplazar la información dispersa que manejan millones de individuos tomando decisiones libres.

Es chistoso ver que mientras el discurso dominante actual insiste en que más control garantiza mejores resultados, la historia muestra que las sociedades más prósperas y estables son aquellas donde el poder tiene límites claros. Entonces, al carajo la constituyente de Petro. Menos reglas no implica caos; implica responsabilidad. Menos control no significa ausencia de normas, sino respeto por la capacidad de las personas para gobernarse a sí mismas.

Tal vez el debate de fondo no sea entre izquierda y derecha, sino entre los que desconfiamos y los que tienen fe ciega en el Estado. Cuando la libertad se delega en nombre de una causa superior, nunca se recupera. Y quizá ese sea el problema de nuestro tiempo: no que el Estado sea grande o pequeño, sino que haya aprendido a pensar y a decidir por nosotros.

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por Edgar Muñoz
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