Del Medio Oriente, el ruido y el inconsciente

Resumen

Opinar no equivale a comprender ni a resolver conflictos complejos; reconocer los límites de nuestras palabras es parte de la sensatez.

Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)
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by Edgar Muñoz
Del Medio Oriente, el ruido y el inconsciente

Mientras caen misiles entre Irán, Líbano e Israel, el resto del mundo opina. Lo hace con convicción y con rabia. Opina como si entender el problema fuera lo mismo que resolverlo. Como si una postura, repetida lo suficiente, pudiera alterar el curso de los hechos. Pero no es así.

El ser humano tiene la curiosa inclinación de creer que comprende más de lo que realmente entiende. Vemos la vida en plano. Simplificamos lo complejo. Reducimos conflictos milenarios a una cadena de causas y efectos que caben en una conversación o en una publicación de FB, pero nunca reflejan la dimensión real del problema. Y desde ahí, dictamos soluciones.

Lo paradójico es que ni siquiera sabemos qué va a pasar mañana con nosotros. No sabemos si despertaremos, si tendremos salud, si nuestros seres queridos seguirán ahí. No sabemos si en unas horas la vida nos pondrá frente a una noticia que cambie todo, o si antes de salir a trabajar nos sacuda un terremoto. Y, aun así, hablamos del destino del mundo como si fuera predecible.

Creemos también que, por vivir en democracia, tenemos en nuestras manos el rumbo de la historia. Y algo de cierto hay en eso. Votamos, elegimos, participamos. Pero lo hacemos movidos por promesas y relatos que nos convencen de que el control es mayor del que realmente tenemos.

Pero la historia una y otra vez ha mostrado lo contrario. Porque mientras aquí opinamos, allá operan fuerzas que no dependen de nosotros: el miedo, la memoria, la desconfianza, la necesidad de sobrevivir. Hay algo más profundo que atraviesa a los pueblos y que no se resuelve con argumentos bien intencionados ni con salvoconductos sobre el bien común. Mucho menos diciendo "liberen palestina" y "no a la guerra". Es el impulso constante de alerta el que casi siempre decide. Y nuestra opinión no da para tanto.

Sin embargo, insistimos. Juzgamos más fuerte. Más seguido. Más convencidos. Como si el volumen pudiera sustituir la comprensión. Tal vez el problema sí sea opinar y creer que con eso basta.

En una vieja agenda empresarial, y en el calendario de Piel roja, en letras pequeñas al pie de página, siempre hay una frase atribuida a Confucio: Dios nos dio una boca para hablar poco y dos oídos para escuchar más. Hicimos exactamente lo contrario. Hablamos sin medida. Escuchamos poco e interrumpimos con frecuencia. Y en ese ruido constante, hemos confundido pareceres con soluciones. Aceptar que no controlamos todo no es resignarse, sino entender nuestro lugar. Es reconocer que hay límites y que ignorarlos apenas los elimina.

A veces, la mayor muestra de sensatez está en comprender el peso de lo que se dice. Opinar es parte de lo que somos. La responsabilidad está en entender que nuestras palabras rara vez transforman la realidad, aunque sí tienen la capacidad de deteriorar nuestro entorno.

 

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por Edgar Muñoz
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