¿Derecho a la cultura? II
Resumen
La cultura debe ser un derecho accesible: forma identidad, conecta con las emociones y exige políticas públicas que permitan disfrutarla sin que sea un privilegio.
Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)
¿Por qué titular esta columna derecho a la cultura? Realmente, así como el aprendizaje alimenta la cabeza, la cultura alimenta el corazón. Sea desde la literatura, el teatro, el cine o la música, todo esto nutre un lugar distinto: conectarse con las emociones a través de experiencias ajenas a nuestro propio cuerpo nos alimenta de otra manera. Los beneficios de la cultura son un campo de estudio completamente diferente. Yo solo sé que estas experiencias mueven sentimientos en mí que, de otra forma, no lo harían.
Actualmente, en Bucaramanga la cultura es un privilegio de pocos, ya sea porque pagan más de 100.000 pesos o porque tienen la posibilidad de viajar a ciudades con una oferta cultural más amplia, como Bogotá, Ciudad de México, Buenos Aires o Nueva York. Por eso considero que la cultura debe ser más asequible, pero esto no implica que actores, músicos o escritores deban recibir menos por su trabajo. Implica que el Estado debe crear políticas públicas que les permitan a los artistas ganar lo justo y, al mismo tiempo, que los ciudadanos puedan acceder a espectáculos de alto calibre de forma económica o gratuita.
La cultura define la identidad, los valores y los comportamientos. Hace unos días terminé de ver La primera vez, una serie colombiana de Netflix que recientemente presentó su última temporada. Me resultó llamativo el modelo educativo que encarna la señora Ana, basado en no moldear a los niños hacia nada en específico, ni una religión, ni una orientación, ni siquiera un sentido de pertenencia colectiva. Aunque comprendo la intención de no imponer creencias o identidades íntimas, me preocupa la renuncia total a la idea de pertenecer a un lugar. El ser humano, de forma inherente, busca sentirse parte de algo, ya sea una ciudad, una historia o una comunidad. Quitarles eso a los niños puede resultar peligroso, porque la cultura no es adoctrinamiento, sino una herramienta para conocer el pasado, comprenderlo y no repetirlo. Reconocerse dentro de una historia común no conduce necesariamente a un patriotismo ciego o fascista, sino, por el contrario, a una pertenencia consciente que conecta a las personas con algo más grande que ellas mismas.
La cultura, además, tiene algo interesante, es algo que se desarrolla. Los niños, por iniciativa propia, no van a ir a una obra de teatro o a una filarmónica ni a apreciarlas sin una enseñanza previa sobre el trabajo que implica para las personas llegar ahí. Esta apreciación se construye acercándolos a estos escenarios desde pequeños y a través de series o documentales que muestren el proceso que viven los artistas para estar donde están. Incluso comenzando desde lo más cotidiano: en mi viaje fuimos todos los días a galerías y museos; muchos estaban ubicados dentro de centros comerciales y albergaban exposiciones gratuitas de artistas nacionales e internacionales realmente increíbles. Vimos, por ejemplo, una exposición de la colombiana Olga de Amaral extremadamente concurrida, algo que en Colombia sería impensable.
Ver cultura en vivo cambia todo. No es lo mismo verla por una pantalla que sentirla en el cuerpo, llorar frente a un escenario. Eso es lo que hoy Bucaramanga no está garantizando: la posibilidad de emocionarse, de formarse y de quedarse. Porque cuando la cultura es inaccesible, los artistas se van y los públicos se resignan. Defender la cultura no es pedir lujo, es exigir futuro: futuros artistas, futuros espectadores, futuras ciudades que no obliguen a elegir entre sentir y pagar. La cultura no debería ser un viaje ocasional ni un recuerdo ajeno; debería ser parte de la vida diaria. Y si no empezamos a tratarla como un derecho, seguiremos viendo cómo se nos escapa entre las manos.