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El lamentable Día del Escritor

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Resumen

El artículo reflexiona sobre la lucha y la soledad que enfrentan los escritores, destacando su esfuerzo y la desvalorización de las Bellas Artes, a pesar de su contribución esencial a la cultura y la sociedad. Se citan ejemplos de grandes autores que sufrieron el olvido.

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Por: José Oscar Fajardo

Trece de junio, Día del Escritor. En homenaje a ellos, me propongo mamarles gallo dado que, tantas ilusiones, tanto esfuerzo y tanto dolor para escribir un libro, para después ser lanzado al ostracismo como un abuelo viejo, tembloroso y enfermo. “Te he dicho que escribes como hablas y que haces versos tartamudos. Escribir no es comunicar. Es existir. Cuando escribo, un desconocido me habilita esa buena pluma porque el tiempo olvida. Anda, escribe de lo que no puedes hablar”. Esos versos de alguna manera me inducen una nostalgia que no es otra cosa que la soledad endémica que cada día sufrimos algunos escritores cuando ya nos hemos acostumbrado a la solidaridad del silencio y a la cotidianidad de la muerte.

No sólo a la muerte física del escritor, sino a la muerte de las Bellas Artes, entre ellas la Literatura, cuando notamos que ya poco vale que los escritores diezmen su cerebro produciendo historias refrescantes y los poetas versos idílicos porque esto, no sé por qué lo pienso, es una cuota adelantada del olvido que seremos. Y en el peor de los casos, que ya somos.

Que para qué escriben los escritores, se preguntarán algunos. Los existencialistas decimos que escribir es existir. Yo digo que escribir es hacer catarsis para poder amar a nuestros hermanos del campo, de los barrios de miseria y a los muertos olvidados. A veces digo que escribir sirve para evadir las falsas ilusiones que nos produce querer, y no poder ser como Kafka, como Dostoievski, como James Joyce.

Es decir, por no poder ser uno mismo. Una noche tenebrosa de mi vida me hice amigo de la muerte. Cuando me di cuenta que era mi mejor amiga, me fui con ella para siempre. Con todo y eso, escribir es lo más aberrante que puede pasarles a los desocupados de este mundo que no hallan cómo destruir el tiempo. Entonces se pone uno a pensar, con sudor en las manos, que uno de escritor no vaya a ser otro Miguel de Cervantes Saavedra, quien murió en el más profundo olvido después de haber creado a Don Quijote de la Mancha para el goce del mundo intelectual, y para la gloria eterna de una miserable España que lo dejó morir en la miseria.

O que vaya a correr el mismo destino de August Rodin, el creador de la escultura El Pensador, exhibida en todos los rincones de la Tierra como una apología al pensamiento del hombre, y para el engreimiento de la perfumada Francia, para luego morir junto a su esposa, de hambre, en un cuarto miserable y abrazados como un último gesto de solidaridad mutua y eterna.

O finalmente, como le ocurrió a un tal Gabriel García Márquez, que después de escribir para Colombia y el mundo las historias más bellas y fantásticas de su creación, cito a Cien años de Soledad, El rastro de tu sangre en la nieve, La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada, entre tantos otros portentos de su realismo mágico, que tuvo que salir de su patria macondiana que lo vio nacer, para evitar que un execrable presidente cavernario, a través de los simios de su seguridad lo llevaran a las caballerizas de Usaquén para allí, mediante conocidos métodos siniestros, hacerle cantar lo que no sabe un inocente.

Después de regalarle semejantes honores a Colombia, algo así como el premio Nobel de Literatura y muchas otras coronas de olivo, aplausos y glorias, a Gabo le tocó correr como un ratón aterrado porque detrás venía un gato empanterado resuelto a engullirlo de un solo tarascón. Todo por el imperdonable delito de ser un escritor con ideología diferente.

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