El micrófono siempre fue de ellas
Resumen
El artículo denuncia el abuso de poder y acoso sexual en medios de comunicación, y destaca la valentía de las periodistas que rompieron el silencio.
Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)Por: Wilson Ruiz Orejuela
Hay semanas en que la historia se escribe con la voz rota de quienes por demasiado tiempo guardaron silencio. Esta es una de esas semanas en Colombia.
Crecí rodeado de mujeres. Mi madre fue la primera persona que me enseñó lo que significa la fortaleza. Mis hermanas me mostraron que la inteligencia no tiene género. Hoy tengo una esposa que me inspira cada día y una hija que me recuerda, con cada sonrisa, por qué este mundo tiene que ser mejor. Por eso cuando leo lo que está pasando en los medios de comunicación de este país, no lo leo como un observador distante. Lo leo como hijo, como esposo, como padre. Y me duele.
El escándalo de acoso sexual que sacude a uno de los canales de televisión más importantes del país ha puesto en el centro del debate nacional un fenómeno que muchas mujeres ya conocían, pero que pocas se atrevían a nombrar en voz alta: el abuso sistemático de poder dentro de los medios de comunicación. No es un caso aislado, no es un mal momento, no es una confusión. Es un patrón. Y los patrones no mienten.
Lo que estamos presenciando es el resultado de años de dolor acumulado, de carreras truncadas, de talentos silenciados por miedo a perder el trabajo, el crédito, el nombre. Ese silencio no era cobardía. Era supervivencia. Las comunicadoras que se han pronunciado coinciden en algo fundamental: la necesidad de dejar atrás ese silencio y crear garantías reales de seguridad para quienes denuncian agresiones.
La precariedad laboral afecta especialmente a las periodistas, exponiéndolas de manera reiterada a agresiones e impunidad, en un sistema donde el respaldo institucional ha resultado insuficiente para protegerlas.
Pero algo ha cambiado esta semana. La voz colectiva de quienes alzaron la palabra está cambiando realidades y previniendo a otras compañeras que con inocencia e ilusión se acercan a entornos donde el poder se ha ejercido con abuso durante demasiado tiempo. Mujeres que se creen entre sí, que se respaldan, que dicen a mí también me pasó sin avergonzarse.
Este país tiene mujeres que cubren masacres, que reportean en medio del conflicto, que ponen su cuerpo donde otros no se atreven a poner ni la mirada. Mujeres que investigan lo que incomoda, que nombran lo que el poder prefiere que nadie nombre, que cuentan las historias que este país necesita, aunque nadie se las pida y aunque todo el sistema les ponga obstáculos. Su valentía nunca estuvo en duda. Lo que estuvo en duda, durante demasiado tiempo, fue si ese sistema merecía tanto de ellas.
El periodismo colombiano necesita a sus mujeres. Las necesita como lo que son, las periodistas más rigurosas, más valientes y necesarias que tiene este oficio. Sin ellas, la mitad de la verdad de este país sigue sin contarse.
Colombia tiene una deuda con todas las mujeres que sostuvieron este oficio con las manos cuando otros lo soltaron. Y las deudas, tarde o temprano, se pagan. El micrófono siempre fue de ellas. Era hora de devolvérselo.