El rostro de la barbarie
Resumen
El ataque del Eln en Arauquita dejó un soldado muerto y heridos, y reafirma la crítica a su violencia, cobardía y desprecio por la vida humana.
Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)Por: Luis E. Gilibert
Con profunda tristeza podemos afirmar que el suelo de Arauquita ha vuelto a teñirse de rojo, no por un designio del destino, sino por la mano criminal y sistemática de quienes insisten en llamar “revolución” a lo que no es más que una expresión de pura sevicia.
El reciente ataque del Eln, que dejo el trágico saldo del soldado asesinado y varios heridos, no es un acto de guerra heroico, es, por el contrario, la confirmación de una indolencia absoluta ante el valor de la vida humana. Resulta indignante que mientras se habla de voluntades de paz en mesas distantes, en el territorio se sigan aplicando las tácticas más rastreras, como es atacar por la espalda, usar la sorpresa para segar vidas jóvenes y luego huir hacia las sombras del monte como modus operandi ya conocido de una organización que ha sustituido la ideología por la cobardía.
No hay valentía en el fusil que dispara contra quien protege la soberanía, ni hay honor al dejar familias destrozadas en nombre de una lucha que el pueblo araucano dejó de entender hace décadas.
La sevicia con la que operan estos grupos en Arauca demuestra un desprecio total por la dignidad de las personas y del mismo Estado ya que no se conforman con el ataque, buscan el terror, la desestabilización y el control territorial a sangre y fuego. La pregunta que surge es: ¿hasta cuándo se permitirá a los “elenos” disfrazar su barbarie de insurgencia apolítica? Porque la indolencia se manifiesta en su incapacidad de conmoverse ante el dolor de las víctimas, las instituciones y el mismo país, la sevicia se hace presente ante la crueldad de sus emboscadas en zonas donde la población civil queda atrapada en el fuego cruzado, y la cobardía es ratificada cuando eluden el enfrentamiento abierto con la fuerza pública y prefieran el golpe artero, traicionero y ladino.
Colombia no puede seguir normalizando que sus soldados sean blanco de una organización que utiliza la mesa de diálogo como un escudo para rearmarse y seguir delinquiendo. La muerte de este uniformado, presentada en pleno casco urbano con demostraciones de superioridad ante la sorpresa y sin miramiento por ciudadanía que impávida observó el aleve ataque, no debe quedar en una cifra más de la estadística nacional. Debe ser el recordatorio de que frente a la sevicia no cabe la tibieza, y que la paz real solo se construye cuando el Estado impone la ley y la justicia sobre quienes han decidido hacer de la muerte su único lenguaje.
Arauquita merece algo más que ser el escenario de la infamia elena, merece seguridad, justicia, y sobre todo el fin de esa sombra de cobardía que pretende arrodillar a todo un departamento.