El uribismo y el ‘abelardismo’ en plena guerra… ¿sucia?
Resumen
Uribismo y ‘abelardismo’ chocan por denuncias cruzadas, amenazas y disputa por el liderazgo de la derecha en Colombia.
Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)
Lo que durante años fue una constelación política orbitando alrededor de una misma galaxia ideológica hoy comienza a parecerse más a una guerra de trincheras. La relación entre sectores del Centro Democrático y el emergente movimiento que rodea la candidatura de Abelardo De La Espriella, bautizado prematuramente por analistas y militantes como “abelardismo”, atraviesa uno de sus momentos más tensos, marcado por acusaciones cruzadas, denuncias de amenazas, campañas de desprestigio en redes sociales y advertencias de acciones judiciales.
La controversia estalló tras señalamientos del director nacional del Centro Democrático, Gabriel Jaime Vallejo, quien aseguró que Joaquín Gutiérrez, figura vinculada a Defensores de la Patria, habría amenazado a la familia de Luis David Duque, estratega político de la campaña de Paloma Valencia.
Sin embargo, el movimiento que respalda a De La Espriella respondió con dureza a través de un comunicado en el que niega categóricamente cualquier intimidación y sostiene que la versión fue tergiversada.
“No hubo amenaza. Esa versión es falsa”, afirmó Defensores de la Patria, asegurando que fue el propio Luis David quien contactó a Joaquín Gutiérrez y que durante esa conversación no existió conducta alguna que pudiera interpretarse como amenaza.
De aliados ideológicos a adversarios estratégicos
El episodio expone una ruptura cada vez más profunda entre dos sectores que comparten bases conservadoras, discursos de seguridad y oposición frontal al petrismo, pero que hoy libran una batalla por liderazgo, narrativa y control del electorado de derecha.
Mientras Paloma Valencia representa una línea más orgánica dentro del uribismo tradicional, la irrupción de Abelardo De La Espriella con una estrategia política propia, confrontacional y mediáticamente agresiva, ha comenzado a generar fisuras en ese mismo espectro.
El choque ya no se limita a diferencias de proyecto político. En las últimas semanas se ha intensificado una guerra digital en la que simpatizantes de ambos sectores denuncian el funcionamiento de “bodegas” dedicadas a posicionar versiones ofensivas, rumores, desinformación y ataques personales tanto contra Valencia como contra De La Espriella.
En redes sociales, hashtags, videos, filtraciones y mensajes incendiarios se han convertido en armas de desgaste mutuo, en una disputa que algunos observadores ya califican como una primaria no declarada dentro de la derecha.
La tensión escaló aún más cuando desde el entorno de De La Espriella se advirtió sobre posibles acciones judiciales si no hay rectificaciones públicas frente a las acusaciones.
Ese movimiento refuerza una percepción que empieza a tomar fuerza entre contradictores y analistas: que el candidato estaría trasladando a la arena electoral una estrategia de presión jurídica similar a la que ha utilizado en su carrera como abogado, donde la confrontación judicial ha sido parte central de su identidad pública.
Para sus críticos dentro del uribismo, esto podría traducirse en una forma de “acoso judicial” contra voces internas disidentes. Para sus seguidores, en cambio, se trata de defender el honor frente a lo que consideran montajes o campañas de guerra sucia.
El trasfondo político resulta delicado. La fragmentación del voto de derecha podría debilitar a un bloque que históricamente ha encontrado fortaleza en la cohesión narrativa alrededor de seguridad, institucionalidad y oposición a la izquierda.
La confrontación entre “palomismo” y “abelardismo” amenaza con convertir esa competencia en una batalla autodestructiva, donde la principal munición no se dirige contra adversarios externos sino contra aliados de origen.
En lugar de consolidar una candidatura de convergencia, el escenario actual refleja una disputa por hegemonía dentro del mismo electorado, con riesgos de desgaste reputacional para ambos proyectos.
Más allá de los hechos específicos, el caso revela cómo la política colombiana continúa desplazándose hacia escenarios donde las redes sociales, las narrativas de victimización, las filtraciones estratégicas y los anuncios judiciales pesan tanto como las propuestas programáticas.
En este contexto, la derecha colombiana enfrenta una paradoja incómoda: mientras busca proyectarse como alternativa de orden frente al caos nacional, sus propios sectores parecen sumergidos en una confrontación interna cada vez más áspera, emocional y digitalmente tóxica.
Por ahora, la disputa entre el Centro Democrático y el naciente “abelardismo” apenas comienza, pero ya deja una señal inquietante: la lucha por el liderazgo de la oposición podría estar convirtiéndose en una guerra intestina donde cada bando parece más enfocado en destruir al vecino ideológico que en conquistar al electorado indeciso.