En el barlovento
Resumen
La historia usa dos nubes para hablar del caos interno, la tormenta y la necesidad de reconstruirse tras el desorden.
Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)Dos nubes volaban con premura, empujadas por un fuerte viento de barlovento a sotavento sobre una cordillera. Extrañaba a los meteorólogos que dos cumulonimbos vinieran en sentido contrario, de frente, impredecibles. Decían los expertos de la atmósfera que ambas nubes venían distraídas, muy elevadas, literalmente «en las nubes», sin tiempo de esquivarse porque los vientos dominaban sus trayectorias hasta impactarse.
«¿Qué rayos pasó?», se preguntaban las nubes en ese tormentoso momento. Ellas sabían que, por su estado de ánimo, caerían al vacío en lágrimas de lluvia. El estruendoso impacto de las nubes espantó los sonidos terrestres y el oído de los peatones del pueblo que asistían al parque, ansiosos de cubrirse con la calidez del sol. El parque estaba saturado de gente; las nubes, de agua; y abajo, en la tierra, el calor era insoportable, mientras que, arriba, las nubes angustiadas se descongelaban lentamente por el impacto.
Las lágrimas de las nubes anegaron las riberas de las quebradas; emitían rayos, truenos, relámpagos y centellas, despertando el caos en la tierra. Los nimbos sabían que su llanto, al precipitarse, resbalaría por las laderas de la cordillera y nada podría detenerlas. Sin embargo, aunque ninguna de ellas era responsable del caos que se armó entre el cielo y la tierra, conocían su desenlace; tenían claro que pronto, en pocos minutos, después de esos «disturbios» atmosféricos, sus lágrimas quedarían en el piso.
Después de un eterno diluvio, según decía doña Sara —una anciana que creía en estas costumbres ancestrales—, esta enclavó en la tierra dos cuchillos formando una cruz para disipar ese intempestivo aguacero.
Una de las nubes venía feliz, encantada del clima y patinando en el cielo, sin importarle rozarse con la cordillera; tampoco necesitaba poder ni destino: simplemente obedecía al viento. La otra nube se veía malhumorada, soberbia, explosiva, porque cada vez que se convertía en lágrimas beneficiaba a la tierra sin alguna retribución de los humanos. Para completar su desgracia, en ese momento, un avión gigante, valiente y veloz atravesó sus entrañas, aunque ya estaba tan debilitada que el sol logró infiltrarla e iluminar con su calidez la tierra.
Las nubes, ya convertidas en estratos, reflexionaron con calma, la que llega después de la tormenta. «Ya tendremos tiempo de renovarnos, dejemos esto en manos del sol; es cuestión de tiempo y seremos grandes nubes».
—¿Será que a los humanos que habitan la cordillera les sucede lo mismo? —se preguntaron.
—Seguramente sí, así es; lamentablemente, a veces es necesario llegar al caos interno, estallar en lágrimas y reflexionar sobre las cosas que nos impulsan y nos hacen chocar contra nosotros mismos, como nos sucedió.
Concluyeron, que después de la tormenta llega la calma, y con calma se puede discernir y reflexionar sobre las reacciones al caernos. Ahí, en ese momento, es cuando la tormenta nos regala una lección y nos muestra los caminos forzosos que tomamos aun fuera de nuestra voluntad; nos conduce a llorar y nos destruye el alma; después, llega lo mejor: reconstruirnos y levantarnos.