Entre la ficción literaria y la historia romana: Marco Aurelio y los límites del imperio, del escritor santandereano Pablo Montoya Campuzano
La novela de Pablo Montoya aborda a Marco Aurelio desde una mirada histórica y existencial, enlazando la peste romana con la fragilidad humana y los límites del poder.
La novela de Pablo Montoya aborda a Marco Aurelio desde una mirada histórica y existencial, enlazando la peste romana con la fragilidad humana y los límites del poder.
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¿Hasta qué punto tiene valor histórico la figura de Marco Aurelio en la obra de Pablo Montoya Campuzano? El escritor de origen checo, Milan Kundera, merodea en su ensayo, El arte de la novela, semejante pregunta con cierto tenor resolutivo: «Hay, por una parte, la novela que examina la dimensión histórica de la existencia humana y, por otra, la novela que ilustra una situación histórica, que describe una sociedad en un momento dado, una historiografía novelada». La primera categoría irrumpe en el universo ficcional de Montoya, al indagar la dimensión óntica del emperador desde la yoicidad constitutiva del ser. Y, la segunda, no deslíe del todo su posición, pues rememora pasajes verídicos documentados por sus biógrafos y su obra capital; Meditaciones. Al mismo tiempo, escribe Kundera, «crear a un personaje «vivo» significa: ir hasta el fondo de su problemática existencial. Lo cual significa: ir hasta el fondo de algunas situaciones, de algunos motivos, incluso de algunas palabras con las que está hecho. Nada más». Y es esto, precisamente, el mayor acierto de la novela colombiana, un mérito que trasciende la mera historicidad para inscribirse en el famoso lema sartreano: la existencia precede a la esencia, es decir, el existir del individuo se define a partir sus acciones y relaciones con el mundo imperante.
Recorrer la novelística de Pablo Montoya Campuzano es avizorar página a página la insigne alma de un emperador remozado por la contemplación y serenidad de su época. Es entrar y bucear por un espléndido manantial de recuerdos, delirios, pasiones, deseos, sueños, impulsos, rencillas, enseñanzas y dolores de un espíritu azuzado por las bienaventuranzas filosóficas. Eso es Marco Aurelio y los límites del imperio, una ráfaga poética, una carta de invitación escrita por la intermediación de las musas, un espejismo reflectado para la historia y la literatura en un eterno diálogo, un viaje sin retorno al pasado más lejano y más próximo de nuestro propio tiempo, un fin y un inicio imperecedero, un canto a la mismísima antigüedad. A juicio del autor barranqueño:
Marco Aurelio y los límites del imperio es, entonces, un gobernante que, en las vísperas de su muerte, hace un recuento de su periplo existencial desde los cuarteles de invierno. Es un hombre otoñal y enfermo quien reflexiona sobre las sinuosidades del poder y también sobre su paradoja esencia. Se abordan (…) el sentido de la vida y la muerte, los ciclos breves y sucesivos de ese orden cósmico entendido por los estoicos, el amor familiar y el deseo erótico, los éxtasis solares, el conflictivo vínculo que tuvo Roma con los bárbaros y los cristianos, y la búsqueda incesante de una paz menoscabada a toda hora por el advenimiento de la guerra.
¿Leyó el sino en el fondo de su lecho de muerte? El interrogante pareciera ser afirmativo, pues las viejas lontananzas nimban la esencia de un emperador abrumado por las sombras ineluctables del tiempo. Pero ¿De dónde nace esta obra? Y ¿En qué se diferencia de la historiografía gibboniana? Veamos: la atención vira de nuevo a su autor, Pablo Montoya Campuzano, quien se pregunta: «¿Por qué escribir desde la Colombia del siglo XXI una novela sobre Marco Aurelio? La respuesta es diáfana: porque fue mi manera de reaccionar, como autor de ficciones históricas, a la pandemia del coronavirus que arremetió contra el planeta». El escritor santandereano no evade la realidad presente, al contrario, construye un paralelismo transhistórico que le permite analizar, desde un prisma del pasado, las categorías problémicas de la vulnerabilidad, el liderazgo frente a las catástrofes y los límites del poder evidenciados por la emergencia sanitaria global. Análogamente, este lienzo literario se sitúa en un espacio reflexivo y crítico alineado por situaciones pretéritas expuestas en el ineludible lazo del ahora.
El peregrinar literario de la novela inicia con La gran peste, hado funesto que azotó la ciudad de Roma. La muerte campeaba en su derredor causando estragos y lamentos entre sus pobladores, quienes no tardaron en invocar a los dioses para salvaguardar su mísera existencia. Al otro lado, Marco Aurelio revestía en su litera un estado de preocupación máxime, que no tardaría en expresar: «Las calles se veían angostas y oscuras. Los burdeles y tabernas estaban cerrados y expelían un aire de completo abandono. Yo, envuelta mi cabeza en un manto, esperaba escuchar gritos y quejumbres». ¿Dónde está la Fortuna? se preguntaba una y otra vez en pleno estado de delirio. Tan sólo su médico de cabecera, Galeno, se aproximó a una razonable respuesta al comentar que: «la peste no era un castigo de Apolo, como suponían los sacerdotes, sino una situación mórbida de la atmósfera provocada por las conquistas romanas». Escenario alejado de la palabrería vana que circulaba en la urbe de la cual se mofaba. En este mismo acápite, el Emperador nos ofrece una última alocución identitaria del angustioso panorama al interrogarse ¿Quiénes somos? «Somos [dirá], en este sentido, como esas raíces que crecen al borde de los despeñaderos y se adhieren con una contumacia, tan increíble como conmovedora, a la tierra, al agua o al viento para no caer en el vacío». El testimonio de raigambres estoicas ilustra la fragilidad del ser y su invaluable capacidad de adhesión al último ramaje del hombre; la naturaleza. Finalmente, el yo lírico-narrativo transmuta de la peste a la muerte de su hijo, momento lúgubre con el que cierra este primer episodio, un episodio que encumbra las letras santandereanas.