La barbarie se tomó las tribunas del futbol profesional colombiano
Resumen
La muerte de Camilo Andrés Rojas, un joven hincha, resalta la violencia en el fútbol colombiano. Es urgente enfrentar las estructuras violentas enquistadas y adoptar políticas integrales para erradicar esta problemática.
Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)La muerte de Camilo Andrés Rojas Rey no es un hecho aislado ni un accidente imprevisible. Es, por el contrario, la expresión más dolorosa de una enfermedad crónica que desde hace décadas carcome al fútbol colombiano: la normalización de la violencia como forma de identidad, de pertenencia y, peor aún, de poder.
Camilo tenía 24 años. Era estudiante, soñador, hincha, viajero incansable detrás del Atlético Bucaramanga. No era un delincuente ni un provocador. No portaba camiseta, no buscó confrontación. Fue señalado, interrogado y asesinado por el simple hecho de ser “sospechoso”. Así, sin juicio, sin defensa, sin humanidad. Como si la vida valiera menos que un color o un escudo.
Este crimen desnuda el fracaso colectivo de un sistema que durante años ha optado por administrar el problema en lugar de enfrentarlo. Se anuncian operativos, se imponen restricciones, se prohíben banderas, se cierran tribunas, pero la raíz permanece intacta: estructuras violentas enquistadas en algunas barras, toleradas por conveniencia, miedo o indiferencia.
También revela una verdad incómoda: la estigmatización indiscriminada del barrismo ha sido tan inútil como injusta. Miles de jóvenes encuentran en las barras un espacio de identidad, amistad y expresión cultural. Camilo era uno de ellos. Reducirlos a “vándalos” solo facilita que los verdaderos criminales se camuflen entre la multitud.
La violencia alrededor del fútbol no nace en los estadios; se gesta en entornos donde la exclusión, la falta de oportunidades y la ausencia del Estado crean caldo de cultivo para que el odio se convierta en bandera. Por eso, cualquier solución que se limite al control policial está condenada al fracaso. Se necesita una política pública integral que combine prevención, educación, trabajo social, inteligencia judicial y sanciones efectivas.
La Dimayor, la Federación Colombiana de Fútbol y los clubes no pueden seguir actuando como espectadores pasivos. El espectáculo que venden está manchado de sangre, y con ello se erosiona la confianza de las familias, de los patrocinadores y de los propios hinchas. Cada muerto es una derrota institucional.
Desde Bucaramanga, ciudad que hoy llora a uno de los suyos, el llamado debe ser firme: basta de comunicados tibios y minutos de silencio que se esfuman con el pitazo inicial. La memoria de Camilo exige acciones concretas, resultados medibles y responsables identificables.
El fútbol nació para celebrar, para unir, para desahogar pasiones, no para sepultar jóvenes. Si como sociedad aceptamos que ir al estadio implique jugarse la vida, entonces hemos renunciado a lo más básico: el derecho a disfrutar sin miedo.
Que el nombre de Camilo Andrés Rojas Rey no sea una cifra más en la estadística de la barbarie. Que su historia nos obligue, de una vez por todas, a decidir si queremos estadios como escenarios de fiesta o como antesalas de cementerios.