La nana
El tiempo es un buen gestor de historias y en ellas, de la mano, van los recuerdos aleados de gratitud que el tiempo jamás borrará. Carmen, ahora cansada, disfruta su vida después de acompañar a los tres hijos de su jefe el señor de la casa.
Finalizaba la década del setenta y Carmen, de 34 años de edad llegó a la familia; fue acogida para atender los amores y las cosas de la casa; aprendió a leer y a escribir, entendió el funcionamiento del hogar y con autoridad tomó el seudónimo de ama de llaves. Así contestaba las llamadas del teléfono.
La primera dama de la casa enfrentaba una dolorosa enfermedad, y los hijos por los que vivió —dos mujeres de trece y cinco años y el varón de doce— enfrentaron la transición de su infancia en medio del duelo por la ausencia de su madre a principios de la década del ochenta.
La titulada ama de llaves se aferró al amor de la familia; alternaba su temperamento con los cuidados de la casa, del señor y de los niños, aunque a veces actuaba con intransigencia porque a ratitos se hacía necesario imponer un toque de autoridad para lidiar con cada una de las historias que escribían ellos, los niños.
Carmen es la nana de la casa, aunque la casa ya pasó a la memoria de los recuerdos. Ahora, el ama de llaves recibe una pensión de gratas atenciones y cuidados de los «niños» que dejaron de serlo; ellos están al tanto de sus requerimientos e intentan aliviar los achaques para mejorarle, en lo posible, su calidad de vida.
La nana es una madre que adopta y se adapta a las circunstancias de una historia en casa; es un soporte para mantener la unión de la familia y abastecer de servicios las necesidades que giran en ese entorno de dificultades: amor, formación y protección.
«La nana de la casa es una memoria de fragmentos de vida que también envejece a nuestro ritmo y, aunque duele decirlo, a veces queda en el olvido; otras nanas corren con mejor suerte porque terminan incluidas en la gratitud de los niños». Carmen, Oliva, María y otras tantas, hoy reciben la «pensión de la gratitud» de un amor casi materno que se mantendrá en los lazos del recuerdo y que, de alguna forma, sin llevar nuestra sangre, se convierten en un integrante más de la familia, como le sucedió a Carmen.
Acompañar la vejez de quienes entregaron sus cuidados como lo hacen las nanas, es un acto de gratitud. Sin más cuento, la nana como Carmen ha sido pensionada con el mismo cariño que no la desampara a la suerte de su mesada, porque el afecto llega cada día sin descuento. Las nanas jamás suplantan a las madres; se convierten en ellas y se adaptan a los requerimientos de los pequeños, los ven crecer y, ya de jóvenes, continúan cerca, muy cerca de los recuerdos inolvidables que una vez ella consintió. ¡Gracias nana!