La sanción social
Resumen
El texto denuncia que en Colombia la sanción social casi no existe y que se admira a quienes violan la ley.
Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)
La sanción social entendida como el reproche que la ciudadanía hace sobre quienes infringen las normas de convivencia ciudadana no existe en Colombia. Más allá de las decisiones judiciales y la famosa presunción de inocencia, provoca grima ver que la sociedad colombiana se solaza en clubes sociales y eventos públicos con quienes violan la ley. Lo que suscita estupefacción y desdice de la condición moral de los colombianos, acostumbrados a que, quiénes violan la ley por lo general, caigan parados y el reproche público no dura más de un par de semanas.
No extraña que, en el reciente quincuagésimo noveno Festival de la Leyenda Vallenata, celebrado en la Ciudad de Valledupar, en las diferentes fiestas y convites se hubiese visto lo más granado de la sociedad valduparense codeándose con personajes tan cuestionables como el condenado cerebro criminal que hizo indebido manejo de 70.000 millones de pesos de la contratación pública y la investigada bachiller que sin haber ido a clase en la universidad, ahora elige rector avenida en “Doctora”, entre otros “próceres” de tal calado. Increíblemente, los asistentes se ufanan con estas presencias en sus convites, probablemente, le darán “caché” a las festividades y hasta serán inocentes de lo que se les acusó. En Colombia compartir con pillos, pareciera ser motivo de prestigio social.
La sociedad colombiana desconoce la sanción social. Cualquiera que viole la ley despierta admiración. Rasgo antropológico del colombiano promedio es fascinarse con el forajido y con el que transita al borde de la ley. Ello explica la manera romántica como muchos refieren a guerrilleros, narcotraficantes, y también, al mujeriego, a la prostituta y al bribón en general. No en vano, alias “Tirofijo”, “MonoJojoy”, “Popeye” y Pablo Escobar gozan de admiración en ciertos círculos sociales y hasta son modelos morales para algunos.
La sanción social no se opone a los postulados de la presunción de inocencia y los derechos fundamentales, su ausencia sí evidencia una rampante crisis de valores. Entre más truhan el personaje mayor atracción despierta, lo que va de la mano con ese sentido de lo aspiracional que acompaña al colombiano promedio; para quien el progreso se manifiesta en comodidades sin importar cómo se obtengan. Algunos niños ochenteros aspiraban a ser sicarios como lo relató Alonso Salazar Jaramillo (1960) en el libro No nacimos pa´semilla (1991). Muchos niños hoy, prefieren ser influenciadores en toda la extensión de la palabra, porque hasta quienes aparecen en plataformas de servicios sexuales y películas porno también son llamados influenciadores, da “estatus social” y hasta congresistas los eligen.
Colombia enfrenta una crisis de valores acompasada por la laxitud y flexibilidad en la educación. No sólo los colombianos de hoy son más débiles en comparación con los del pasado; hablan de aceptar la diferencia bajo el argumento del respetable derecho de expresión, pero olvidan que no se puede confundir el derecho constitucional a la libertad de expresión con la idea que se expresa. Una cosa es la libertad de expresión y otra muy diferente la estupidez en la idea expresada. Razón por la cual, lo que advirtiera en su momento el premio nobel portugués José Saramago (1922-2010) se hizo realidad: “Llegará el día, en que la inteligencia será despreciada y la estupidez adorada”.
El nivel al que se ha llegado: La malicia despierta admiración. Poco o nada se valoran la decencia, la probidad, la disciplina y el valor de la palabra, son detritos. Entre más canalla la figura, mayor atracción, probablemente, ahora lo negarán. Es lo que hay, esa es la sociedad colombiana, confunde moralina con moral. No existe la sanción social, por ejemplo, olvidaron el nombre del frente guerrillero que el 11 de abril de 2002, secuestró a doce diputados del Valle del Cauca para terminar por asesinar a once.