La velocidad y la imprudencia le están ganando la carrera a la vida en las vías de Santander
Resumen
En Santander, el exceso de velocidad y la imprudencia en motociclistas concentran la mayoría de muertes viales, con un fuerte aumento en 2026.
Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)
Las vías no deberían ser escenarios de despedidas. Deberían ser, simplemente, caminos de ida y vuelta, fruto de la construcción de una nueva cultura vial. Una donde la norma no sea vista como obstáculo, sino como salvavidas. Donde el casco no sea accesorio, sino escudo. Donde reducir la velocidad no sea perder tiempo, sino ganarle minutos a la vida. Porque cada cifra tiene nombre, familia, historia.

La noche en que Andrés no regresó a casa, Bucaramanga seguía latiendo como cualquier viernes. Había salido en su motocicleta después del trabajo, con la promesa simple de llegar a casa donde los esperaba su familia para comer.
En una curva mal iluminada, una maniobra rápida, un cálculo que duró menos que un parpadeo, todo se rompió. Su casco aunque se veía intacto no logró disminuir el violento impacto del cráneo contra el suelo. Así, Mientras que Andrés se convertía en una cifra más de los índices de accidentalidad en Santander, en su casa queda para sus familiares el silencio de la promesa de una vida que ya nunca será.
Esa historia, que podría llevar cualquier nombre en el área metropolitana es el rostro humano de una crisis que hace pocos días convocó a autoridades, expertos y ciudadanos. En Bucaramanga, la Agencia Nacional de Seguridad Vial reunió a más de 360 actores en el cuarto Encuentro Regional de Gestión Estratégica para el Control del Tránsito y Transporte, una especie de mesa grande donde el país intenta descifrar cómo evitar que más historias terminen como la de Andrés.
Salvar vidas, mucho más que reducir los índices
El encuentro, que hace parte de un recorrido nacional tras su paso por regiones como Caribe, Pacífico, Eje Cafetero y Antioquia, no fue un evento más en la agenda institucional. Fue, en esencia, una conversación urgente. Allí coincidieron autoridades de tránsito, sector transporte, academia, organismos de socorro y ciudadanía organizada, todos orbitando alrededor de una pregunta incómoda: ¿por qué seguimos muriendo en las vías?

“Estamos haciendo equipo con los territorios porque la movilidad segura se construye desde las regiones”, dijo Paula Katerine Ramos, directora de Coordinación Interinstitucional de la ANSV. Sus palabras flotaron en el auditorio como una consigna, pero también como un reconocimiento tácito de que el problema no se resuelve desde un escritorio en Bogotá, sino en cada calle, en cada semáforo ignorado, en cada acelerón innecesario.
Las cifras, frías como una madrugada sin tráfico, confirman la gravedad del panorama. Según el Observatorio Nacional de Seguridad Vial, en 2025 murieron 691 personas en siniestros viales en Santander y Norte de Santander. De ellas, 416 correspondieron a Santander. La mayoría no viajaba en carro, ni en bus, ni en bicicleta: iban en motocicleta. Son, de lejos, los actores más vulnerables.

El 2026 no comenzó mejor. Entre enero y febrero, se registraron 123 muertes en la región, lo que representa un aumento del 33,7 % frente al mismo periodo del año anterior. Solo en Santander, 80 personas perdieron la vida en esos dos meses. Ochenta historias interrumpidas antes de tiempo.

Y hay un dato que golpea con más fuerza que cualquier titular: el 73 % de las víctimas fatales en lo corrido del año eran motociclistas. Tres de cada cuatro. Es como si las motos, omnipresentes en la vida diaria, se hubieran convertido también en el epicentro de la tragedia.
En municipios como Bucaramanga, Barrancabermeja, Girón, Floridablanca y Piedecuesta se concentra buena parte de estos casos, especialmente en zonas urbanas. Es allí donde el tránsito deja de ser rutina y se convierte en riesgo constante. Donde cada cruce puede ser una moneda al aire.
Los expertos insisten en que no es la máquina, sino la conducta. El exceso de velocidad aparece como el gran protagonista invisible de los siniestros. Fabián Fontecha, ingeniero de tránsito en Floridablanca, lo resume con una frase que corta como vidrio: “No es la moto. Es la velocidad”.

La física, implacable, respalda esa advertencia. A 30 kilómetros por hora, un accidente puede dejar golpes y fracturas. A 60, las lesiones se vuelven graves. A 100, la muerte entra en escena con alta probabilidad. Más allá de 180 kilómetros por hora, el cuerpo humano pierde cualquier posibilidad de negociación con el impacto.
Y, sin embargo, las cifras revelan una relación peligrosa con el acelerador: cuatro de cada diez motociclistas no respetan los límites de velocidad. En los automovilistas, la proporción es menor, pero sigue siendo preocupante. La prisa, esa compañera silenciosa de la vida moderna, se convierte en un riesgo letal cuando se mezcla con el asfalto.

El Encuentro Regional no se limitó a diagnosticar el problema. En sus mesas técnicas se habló del enfoque de “sistema seguro”, una idea que sugiere que los errores humanos son inevitables, pero las muertes no deberían serlo. Se discutieron políticas públicas, controles operativos, pedagogía, y el rol de las autoridades locales en la toma de decisiones.
Jessica Mendoza Ramírez, secretaria de Infraestructura de Santander, lo planteó como un compromiso colectivo: avanzar en acciones que permitan reducir los siniestros viales desde la articulación institucional. No como un esfuerzo aislado, sino como una red donde cada actor tiene una responsabilidad.
Porque detrás de los 80 muertos en dos meses hay 80 mesas incompletas. Y porque, si algo dejó claro el encuentro en Bucaramanga, es que la tragedia no es inevitable.