Las tasas de interés desde la mirada del ciudadano común
Resumen
Subir las tasas para frenar la inflación encarece créditos y golpea más a hogares y pequeños negocios, mientras favorece a quienes ya tienen capital.
Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)
Por: María del Carmen Jiménez.
No soy economista. No entiendo modelos matemáticos ni gráficos sofisticados. Pero sí entiendo algo básico: cuando las decisiones económicas afectan mi bolsillo y el de millones de personas en mi país.
Cuando estas decisiones inciden en nuestra capacidad de comprar vivienda o de sostener nuestros gastos, algo no muy bueno está pasando. Y eso es justamente lo que ocurre con las medidas recientes del Banco de la República al subir las tasas de interés.
La explicación oficial es: hay que controlar la inflación. Si los precios suben demasiado rápido, la economía se desordena y, en teoría, todos pierden. Para evitarlo, el Banco encarece el crédito. La lógica es simple: si pedir dinero es más caro, la gente gasta menos, la economía se enfría y los precios dejan de subir tan rápido.
Hasta ahí, todo suena razonable. El problema aparece cuando uno mira más allá de la teoría y observa quiénes pagan realmente el costo de esa decisión. Subir las tasas de interés no afecta a todos por igual.
Para una persona común, significa cuotas más altas, créditos inaccesibles y menos margen para vivir. Para un pequeño empresario, implica frenar inversiones, aplazar proyectos o incluso despedir empleados. En cambio, para quienes ya tienen capital, la historia es distinta: pueden aprovechar tasas altas para ganar y enriquecerse más
Aquí es donde surge una crítica difícil de ignorar: estas decisiones, aunque aparezcan técnicamente justificadas, terminan beneficiando más a los que ya tienen dinero, es decir a los más ricos y al gran capital.
Esto genera una sensación de injusticia. ¿Por qué el peso de controlar la inflación recae principalmente sobre quienes menos margen tienen? ¿Por qué el remedio parece castigar más a los que están tratando de salir adelante que a quienes ya están en una posición cómoda?
Además, no toda la inflación es culpa del consumo interno. Factores como el dólar alto, los precios internacionales o problemas de oferta también influyen. En ese contexto, subir tasas puede sentirse como una solución incompleta: se enfría la economía local, pero no se atacan las causas reales del problema.
Otro punto crítico es el riesgo de exagerar. Frenar la economía puede ser necesario, pero hacerlo en exceso puede generar un daño mayor: menos empleo, menor crecimiento y una sensación general de estancamiento. Es como aplicar un tratamiento tan fuerte que termina debilitando al paciente más de lo necesario.
El Banco de la República no siempre actúa con criterio técnico para controlar la inflación, a veces actúa con criterio político. Eso parece ocurrir en esta coyuntura histórica del país. Por eso el retiro del Ministro de Hacienda de la junta directiva y los pronunciamientos del gobierno nacional, quien cuestionó que el Banco priorice los mercados financieros a la gente del común. El presidente Petro calificó el aumento del 11.25 por ciento de las tasas de interés como una medida estrafalaria que pone en riesgo el nivel de vida de la población y el empleo.
Desde la perspectiva de alguien que vive el día a día, la conclusión es incómoda pero clara: subir las tasas profundiza las desigualdades. Mientras unos ven crecer sus rendimientos financieros, otros ven reducirse sus oportunidades.
Tal vez el debate no debería ser solo si hay que subir o bajar tasas, sino cómo hacerlo de manera más equilibrada. Cómo evitar que el costo recaiga siempre en los mismos. Cómo lograr que la estabilidad económica no se convierta en un privilegio de pocos, sino en una base real para el bienestar de todos.