“Las víctimas del conflicto sufrimos la guerra pero decidimos no vivir en el dolor”

Resumen

Rebeca Cano sobrevivió al asesinato de su padre, el despojo y el desplazamiento, y convirtió su historia en un acto de resiliencia y perdón.

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by Camilo Silvera
“Las víctimas del conflicto sufrimos la guerra pero decidimos no vivir en el dolor”

 

En el Día de la Memoria, la historia de Rebeca Cano y la voz institucional desde la Unidad de Víctimas se cruzan para recordar que Colombia no puede acostumbrarse al dolor de más de 11 millones de víctimas. Su relato incomoda y obliga a mirar de frente una historia que Colombia sabe contar muy bien desde distintas perspectivas pero que pese a ello no logra sanar.

 

Por Camilo Ernesto Silvera Rueda - Redacción Política / EL FRENTE

 

Rebeca Cano se sienta en la palabra con una serenidad que desconcierta. Su voz no tiembla, pero lo que narra sí sacude. Dice que todo comenzó cuando tenía cinco añitos. Cinco. Una edad en la que la vida debería ser un juego, no una pérdida. Pero a ella le arrebataron a su padre, asesinado por las FARC. Y con ese primer golpe, empezó lo que ella misma nombra sin rodeos: un viacrucis.

No es una metáfora ligera. Es una cadena de tragedias que se fueron acumulando como capas de polvo sobre la infancia. A los 17 años, cuando apenas comenzaba a asomarse a la vida adulta, la violencia volvió a tocar su puerta. Esta vez con una desaparición que luego se convirtió en asesinato: el de su padrastro, su figura paterna. Fue en una vereda de Yondó, en medio de una masacre paramilitar que dejó una decena de muertos y otros tantos desaparecidos. El territorio, ese que alguna vez fue hogar, se convirtió en amenaza.

La tierra, que era sustento y raíz, terminó vendida a precio de angustia. Una finca extensa, fértil, con cultivos y vida, reducida a once millones y medio de pesos bajo presión. No fue una transacción: fue un despojo con firma obligada. Y después vino el deterioro silencioso de su madre, que no resistió el peso de lo perdido y murió tres años más tarde. La violencia, como una sombra obstinada, no solo mata de frente. También desgasta por dentro.

Rebeca habla de su vida como quien recorre una carretera llena de escombros. Desplazamientos, amenazas, retenciones, persecuciones. No hubo actor armado que no la tocara. Guerrilla, paramilitares, incluso el Ejército. Cada episodio se sumaba a una historia que parecía no tener pausa. Y, sin embargo, en medio de esa acumulación de heridas, aparece una palabra que ella pronuncia sin titubeos: resiliencia.

“Hubo un momento en que mi cuerpo ya no podía más. Llegué al corregimiento La India, en Landázuri, pesando apenas 40 kilos, con el miedo instalado en cada gesto, incapaz de contestar un teléfono sin preocuparme. Y fue allí, en uno de los centros de la violencia del Magdalena Medio, donde comencé a reconstruirme”, narró Cano, quien enfatizó que no fue un proceso inmediato ni mágico. Fue, más bien, una siembra paciente. Llegó con sus cuatro hijos y una historia rota, pero encontró en la comunidad una red que la sostuvo. La Asociación de Trabajadores Campesinos del Carare la recibió como a una hija que regresa. Y entonces, algo cambió: decidió estudiar.

“Primero terminó el bachillerato como pude, entre responsabilidades y cicatrices. Luego me subí al “bus de las oportunidades” sin pensarlo. Hice una tecnología, después una carrera profesional. Hoy soy administradora ambiental, egresada de la Universidad Santo Tomás, formada con una beca del fondo de víctimas. Treinta millones invertidos en algo más que educación: en dignidad”, rememoró Cano quien se siente orgullosa no solo de haber superado los ciclos de violencia sino también en haber aprendido a perdonar.

 

Hay un momento para perdonar

Por ejemplo, habla de un encuentro. Un momento cara a cara con uno de sus victimarios, Jairo Cala, excomandante guerrillero y hoy firmante de paz. El escenario fue un acto de conmemoración, años después de haber sido desplazada. Ella llegó con preguntas. Con una en particular: por qué a mí, por qué a mi familia.

La respuesta no fue suficiente para borrar el pasado. Pero hubo algo en ese intercambio que abrió una grieta distinta. Él negó haber ordenado directamente su persecución. Reconoció, en cambio, el contexto, el daño, la lógica de una guerra que arrasaba con todo. Y pidió perdón.

Rebeca no romantiza ese momento. No lo presenta como redención automática. Dice que perdonó. Que lo hizo de corazón. Pero también marca un límite claro: hay cosas que no se pueden absolver del todo. El hambre de sus hijos. Las noches sin techo. El miedo heredado. “Eso no se lo perdono”, dice, sin elevar la voz, pero con una firmeza que no necesita adornos.

También menciona a otros nombres, como Pastor Alape, figuras de una guerra que hoy intentan reescribirse desde la política y los acuerdos de paz. Y en medio de ese tránsito, su historia se vuelve símbolo de algo más complejo que la reconciliación: la capacidad de convivir con lo irreparable.

Antes de perdonar, dice, tuvo que perdonarse a sí misma. Es una idea que repite como si fuera una clave. Porque, según ella, nadie puede soltar el rencor hacia afuera si lo sigue cargando por dentro. Y ahí, en ese punto invisible, es donde empieza a reconstruirse no solo una vida, sino también una posibilidad de país.

 

Una jornada para la memoria

Mientras tanto, en otro punto de la ciudad, la institucionalidad intenta ponerle orden a las cifras del dolor. Camila Marcela González Galindo, directora territorial de la Unidad para las Víctimas en Santander, habla con un tono que mezcla formalidad y conciencia del peso histórico. Recuerda que el 9 de abril no es una fecha cualquiera. Es el eco de 1948, del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, del estallido que marcó a fuego la historia contemporánea del país.

“Más de 11 millones de víctimas”, dice, como quien enumera una cifra que ya no cabe en ningún registro emocional. Desplazamientos, familias fragmentadas, vidas suspendidas. Santander, agrega, también carga su propia cuenta, aunque aún se encuentra en proceso de actualización y caracterización.

Pero más allá de los números, lo que se prepara es un acto. Un espacio para recordar. Para nombrar lo que durante años fue silenciado o reducido a estadísticas. La invitación es abierta: el 9 de abril, en la Casa del Libro Total en Bucaramanga, y en otros municipios como Puente Nacional y Tona, se levantarán voces que no quieren olvidar.

Rebeca, que ha vivido en carne propia cada una de esas cifras, entiende que la memoria no es solo un acto público. Es también un proceso íntimo. Y ahí es donde su historia da un giro que resulta, para muchos, difícil de comprender: el perdón.

El Día de la Memoria se acerca. Habrá actos, discursos, velas, nombres pronunciados en voz alta. Pero historias como la de Rebeca Cano recuerdan que la conmemoración no es un ritual vacío. Es una herida abierta que se niega a cerrarse en falso. Colombia, con sus millones de víctimas, sigue caminando sobre ese filo. Y en medio del ruido, hay voces que, como la de Rebeca, no piden lástima. Piden algo más difícil: que no se olvide.

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