Letras de colores
Resumen
Reviviendo recuerdos perdidos, el autor encuentra una carta sin enviar, manchada de pintura, que simboliza una amistad y el arte que trasciende el tiempo. La reflexión se centra en cómo el tiempo y el arte pueden inmortalizar momentos y emociones.
Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)
Por: Claudio Valdivieso
Revolcando mis cachivaches en busca de lo que no había perdido, volví a encontrarme con viejas historias de mis curiosidades que, aunque pocas, son realmente valiosas.
En un sobre de manila que contiene hojas coloridas por el tiempo, encontré una serie de escritos que nunca llegaron a su destino seguramente por descuido, o porque el tiempo corrigió el sentido de los fragmentos. Esto suele suceder cuando las circunstancias cambian. Dos notas del sobre despertaron mi curiosidad. Una de ellas la recibí; y la otra, mi respuesta, no la envié por los efectos de mi torpeza que en efecto es uno de mis mayores defectos.
Lo más curioso del cuento, es que el mensaje sin enviar estaba con manchas de colores del cuadro que pintaba en ese momento, justo cuando fui sorprendido por la prioridad del quirófano que me extraería un ligero tumor maligno. ¡Eso fue lo de menos!
El problema se me vino encima cuando la policromía fracasaba en la paleta, y por más que intentaba aclararla, se tornaba oscura como si conspirara contra el desenlace de mi existencia. Fue extraño, pero en ese momento la carta untada de pintura y el color de mis palabras era poco esperanzador. Sin embargo, mi terca y fracasada inspiración por el arte del pincel, el lienzo y los colores, me exigió continuar luchando contra la rebeldía de la espátula por el color pesimista que resultaba de las pinceladas.
Tomé varias veces la nota recibida para refrescar mis ánimos y los de mi paleta con colores que le dieran vida y brillo a mi “obra”. Durante mi alucinante y confuso transcurrir clínico, las notas continuaron en mi escritorio de “pendientes” en el fondo de mi caja de cachivaches. Igualmente, suspendí la pintura por la intriga de mis ánimos con el diagnóstico y me dediqué al oficio de sanar las heridas que me dejó el quirófano. Olvidé por completo la carta, y durante mi recuperación retomé la paleta del cuadro inconcluso. ¡Que felicidad! El cuadro esperó que volviera para terminarlo, pero me recordó la carta pendiente. ¡Qué tristeza!
Entonces, tomé la carta que nunca envié para leerla entre las pinceladas, las gotas que escurrían del caballete y unas lágrimas que aportaron mis ánimos. Intenté pintar varios de mis escritos, pero no pude lograrlo porque mis “caricaturas” eran más agradables leerlas que verlas plasmadas en el lienzo.
La carta que no envié solo se trataba de la respuesta al amigo que me pidió un anticipo de las palabras que se escucharían en su funeral. Él, enfrentaba la fase terminal de su enfermedad y yo el principio de la mía, pero, por descuido, al distraer mi tiempo en mi recuperación, solo dejé en el lienzo las pinceladas del tiempo que jamás regresará. La llama de su luz ahora brilla en la pintura que inmortalizó su petición. (Título: Cirios. Acrílico sobre lienzo).
Por eso, el tiempo es un buen instructor y aunque es extraño, es un maestro que determina en un instante la diferencia entre rendir un homenaje en vida y el póstumo. Ahora y por siempre, Cirios respondió a su petición a destiempo y brillará para su memoria.