Madame Bovary, presidente
Resumen
El artículo compara a Gustavo Petro con Madame Bovary, señalando que el discurso del presidente trivializa la violencia y destruye valores sociales, similar a cómo Bovary arrastra a otros en sus fantasías, mostrando la conexión entre poder, deseo y responsabilidad.
Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)
Por: Edgar Julián Muñoz González
Quizá la mejor manera de escribir sobre algo sea leerlo o vivirlo. Si uno quisiera escribir de Fórmula 1, tendría que ser de esos que se levantan a la una de la mañana para ver un Gran Premio en Australia o Japón. No hace falta estar en el circuito: la experiencia no siempre da conocimiento, pero sí afina el oído. En cambio, hay pasiones que se entienden de otra forma. Los gallos, los toros, el fútbol. Ahí la vibra del lugar está ligada a la percepción. Un partido sin estadio lleno, incluso desde la sala, se siente incompleto.
Pero ¿qué pasa cuando uno quiere escribir sobre la condición humana? Sobre el matrimonio, el barrio, las reglas sociales, las costumbres, las pequeñas lealtades y traiciones de la vida cotidiana. Para escribir de eso no basta observar: hay que vivirlo y, sobre todo, saber identificar el rastro emocional que deja. Estamos acostumbrados a juzgar los comportamientos extravagantes porque no los dimensionamos. Hipócrita el que juzga al ladrón cuando también ha robado. Pero igual de cínico es el que lo justifica, tratando de encontrarle una verdad escondida a un acto despreciable.
Cada vez que escucho al presidente Petro legitimar la barbarie, culpando a ciertos sectores y personajes, por más que intente no puedo evitar sentir vergüenza ajena y repulsión. Ese discurso no es lucidez: es sofisma. Es la extravagancia del que cree saber, pero no entiende nada.
Y fue así como, sin buscarlo, encontré la relación perfecta entre Gustavo Petro y Madame Bovary.
Siento incluso algo de pesar, porque aunque es reprochable socialmente la falta de palabra, también es cierto que en la realidad las mentes débiles sucumben ante los instintos y vuelven vulgar lo que debería ser sagrado. Emma Bovary, pobre muchacha, fantasea con una vida de novelas. Petro —no el presidente sino el sujeto— fantasea con una vida de excesos, de lujuria, de impulsos, y luego pretende ampararla desde su posición. Eso no es rebeldía. Eso es cinismo.
Porque una cosa es la intimidad. Otra cosa es la audiencia. Cuando se tiene un micrófono nacional, no se está contando una aventura: se está modelando una cultura. Y un presidente que trivializa la violencia y suaviza el delito destruye, poco a poco, los valores que sostienen a una sociedad mayoritariamente responsable.
Emma Bovary se endeuda para sostener sus lujos. Gasta lo que su ingenuo marido acumuló. Sueña con una vida mejor sin importarle los demás. Y al mismo tiempo se siente incomprendida: cansona, esnobista, romántica, siempre insatisfecha. Es el tipo de persona que convierte el deseo en derecho y la frustración en excusa. La tragedia es que, como en la novela, siempre hay un marido que por lealtad emocional la sigue amando. El cándido médico representa a ese porcentaje de ciudadanos que, pase lo que pase, seguirán justificándola. Y no solo eso: caerán con ella. No por maldad, sino por ceguera afectiva. Por credulidad. Por amor ciego.
Y en política, como en la literatura, las Bovary no solo se destruyen a sí mismas: arrastran a los demás en su caída y dejan a sus hijos, como la niña Berthe Bovary, recogiendo ruinas