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Niños de 11 años integran las más peligrosas pandillas criminales en esta zona del país

Puerto Tejada vive un relevo generacional de la violencia: 34 pandillas juveniles, incluso con niños desde los 11 años, dominan barrios y agravan la crisis de homicidios.

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Un estudio de la Universidad del Rosario advierte que la violencia en este municipio del norte del Cauca ya no responde únicamente a la presencia de grupos armados ilegales. Identificó 34 pandillas juveniles que dominan microterritorios, consolidan un relevo generacional de la violencia y reproducen una cultura heredada del conflicto armado.
 

La investigación identificó 34 pandillas en 41 barrios de Puerto Tejada, algunas con control sobre una sola cuadra mediante "fronteras invisibles". El estudio alerta sobre un relevo generacional de la violencia: existen pandillas conformadas por niños desde los 11 años. Puerto Tejada registró en 2025 la tasa de homicidios más alta de su historia: 170,9 por cada 100.000 habitantes, más de cinco veces el promedio nacional. Los investigadores concluyen que la solución no pasa únicamente por el control policial, sino por reconstruir el tejido social, generar oportunidades y prevenir la vinculación de jóvenes a las pandillas.

Llegar vivo a los 26 años se ha convertido en un logro extraordinario para muchos jóvenes de Puerto Tejada, Cauca. En este municipio de cerca de 45.000 habitantes, donde el 79 % de la población vive en condiciones de pobreza o pobreza extrema, la violencia dejó de responder exclusivamente a la presencia de grupos armados ilegales y hoy tiene un nuevo rostro: pandillas juveniles que controlan barrios, imponen fronteras invisibles y reproducen dinámicas de violencia heredadas durante décadas de conflicto armado.

Esa es una de las principales conclusiones de la investigación "Violencias heredadas y fronteras invisibles: Puerto Tejada, un territorio sitiado por pandillas juveniles", desarrollada por los investigadores Karen Nathalia Cerón Steevens y Cristian Javier Linares Gómez, de la Escuela de Estudios Sociales,  Políticos e Internacionales de la Universidad del Rosario.

El estudio revela que el mayor desafío de seguridad del municipio ya no puede explicarse únicamente por la presencia de estructuras armadas ilegales, sino por la consolidación de pandillas juveniles que heredaron la circulación de armas, las lógicas de venganza y el control territorial que durante años caracterizaron el conflicto en la región.

La investigación identificó 34 pandillas distribuidas en 41 barrios, una fragmentación territorial que ha dividido el municipio en pequeños "micromundos hostiles", donde algunas estructuras controlan apenas una cuadra y donde cruzar de una calle a otra puede representar un riesgo de muerte para los jóvenes.

Estas fronteras invisibles restringen la movilidad, condicionan la vida cotidiana y profundizan la ruptura del tejido social. “Estas ´fronteras invisibles´ son imaginarias, pero letales”, advierte Karen Cerón, doctoranda en sociología en la Universidad de Barcelona, líder del estudio.

“Cruzar una calle puede significar la muerte, muchos jóvenes viven como prisioneros en sus propios barrios”, enfatiza. Uno de los hallazgos que más preocupa a los investigadores es el relevo generacional de la violencia. Aunque las pandillas llevan entre 35 y 40 años haciendo parte de la historia del municipio, el estudio documenta la aparición de estructuras conformadas por niños desde los 11 años, una situación que mantiene en alerta a autoridades locales, organizaciones sociales y comunidad académica.

A diferencia de otras organizaciones criminales altamente estructuradas, la vinculación de estos jóvenes ocurre de manera gradual. El ingreso suele comenzar en las esquinas del barrio, compartiendo con la "gallada" y, en algunos casos, consumiendo sustancias psicoactivas. El punto de quiebre llega cuando el joven toma un arma y se involucra directamente en la confrontación, iniciando un ciclo de violencia difícil de abandonar.

Lejos de una mirada exclusivamente criminal, la investigación buscó comprender las razones que llevan a estos adolescentes a ingresar y permanecer en las pandillas. A partir de entrevistas, talleres participativos y diálogos con jóvenes pandilleros y expandilleros, los investigadores encontraron motivaciones recurrentes como la búsqueda de protección frente a amenazas, el deseo de vengar la muerte de un familiar, la necesidad de reconocimiento y la ausencia de oportunidades.

En ese contexto, la pandilla deja de percibirse únicamente como una organización delincuencial y pasa a convertirse, para muchos jóvenes, en un mecanismo de supervivencia e identidad.  “No son jóvenes aislados de la comunidad. Pertenecen a familias desestructuradas, que enfrentan altos niveles de deserción escolar y responden a un tejido social profundamente fracturado. (…) después de dialogar con los jóvenes, los líderes sociales y los miembros de la administración municipal coincidieron en que el mayor desafío es intervenir en un territorio marcado por una hiperfragmentación” explica” explica el politólogo Cristian Javier Linares.

La magnitud del fenómeno también queda reflejada en las cifras de violencia. El estudio señala que el 55 % de las víctimas de homicidio son menores de 25 años y que Puerto Tejada registró en 2025 la tasa de homicidios más alta de su  historia: 170,9 por cada 100.000 habitantes, más de cinco veces el promedio nacional.

Sin embargo, los investigadores advierten que reducir la crisis a las estadísticas impediría comprender el verdadero problema: la normalización del miedo, la pérdida de confianza y la ruptura de los vínculos comunitarios. 

Según la Alcaldía Municipal, entre 800 y 900 jóvenes participan directamente en las confrontaciones entre pandillas, una cifra que refleja la dimensión del desafío para las instituciones locales y la urgencia de implementar estrategias sostenibles de prevención y desvinculación de la violencia.  La investigación propone una intervención que vaya más allá de las respuestas policiales o judiciales.

En alianza con la Alcaldía de Puerto Tejada, la Universidad del Rosario impulsa el proyecto Co-creando Futuros, basado en metodologías de innovación social y participación comunitaria que involucran a jóvenes, familias, líderes sociales e instituciones para diseñar soluciones construidas desde el territorio. Entre las iniciativas priorizadas aparecen talleres de mecánica, carpintería, ebanistería, cría de animales y otros proyectos productivos que buscan ofrecer alternativas reales frente a la violencia.

Los investigadores también trabajan en la construcción de indicadores comunitarios de violencia juvenil, con el apoyo del Gobierno suizo, que permitan fortalecer la toma de decisiones de las autoridades locales y generar evidencia sobre estrategias replicables en otros territorios afectados por dinámicas similares.

El propósito es convertir la experiencia de Puerto Tejada en una caja de herramientas para la prevención de la violencia juvenil en Colombia y otros países.  Para los investigadores, Puerto Tejada constituye un escenario para demostrar que la violencia juvenil no es un destino inevitable y concluye que ofrecer oportunidades, fortalecer las familias, reconstruir la confianza y abrir espacios para que los jóvenes encuentren alternativas distintas a las pandillas será determinante para romper un ciclo de violencia que, durante décadas, ha pasado de una generación a otra.