Política y políticos olvidaron lo que significa empatía y respeto

Resumen

La tragedia aérea de Puerto Leguízamo exige mesura, respeto por las familias y una investigación técnica rigurosa, sin especulaciones ni uso político del dolor.

Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)
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by Editorial

Hay tragedias que no sólo destruyen vidas y familias. También ponen a prueba el tamaño moral de un país. La muerte de 69 jóvenes de la Fuerza Pública en el accidente aéreo de Puerto Leguízamo obliga a detener el ruido, a mirar el dolor de frente y a reconocer que, ante una pérdida así, cualquier gesto menor resulta indecente.

El país les debe un abrazo sereno, sin estridencias, a las familias que recibieron una noticia imposible de asimilar. Nada repara la ausencia de esos muchachos. Sólo queda la compañía, la palabra justa y la dignidad de un duelo que merece silencio, no espectáculo.

En una catástrofe aérea no caben atajos ni sentencias improvisadas. La investigación exige rigor, método y paciencia institucional. No basta una reacción inmediata ni una hipótesis lanzada al calor del impacto.

Hay que revisar mantenimiento, repuestos, historial técnico, protocolos y cada variable que pueda aclarar por qué un avión que despegó no logró sostenerse en el aire, si horas antes había llegado bien desde Bogotá.

También hay una responsabilidad del Estado con su propia Fuerza Aeroespacial. Si existían alertas sobre la operación de estas aeronaves, ellas deben quedar plenamente esclarecidas. Si los equipos cumplían los estándares exigidos, eso también debe demostrarse con documentos, peritajes y resultados verificables. La confianza pública no se protege con discursos sino con pruebas fehacientes y contundentes.

Por eso resulta lamentable que, en medio de una tragedia nacional, la primera reacción de todos los sectores partidistas que compiten por la Presidencia de Colombia haya sonado terriblemente adosada al cálculo político y no a la mesura y compasión que el momento reclamaba.

Nadie, en medio de esta tragedia debe buscar culpables antes de que hablen los peritos. Convertir el duelo en una tribuna solo hiere más a quienes ya cargan una pérdida irreparable. La responsabilidad pública exige altura moral, no insinuaciones precipitadas.

Se necesitaban voces de consuelo, de respaldo, pero la voz que resonó al unísono así sea proyectada por diferentes bocas, fue para agitar, para acusar, para pescar votos en río revuelto.

Colombia necesita que esta investigación avance con rapidez, transparencia y severidad técnica. Necesita también que el dolor de estas familias no sea usado como combustible político ni como moneda de campaña. Cuando una tragedia enluta al país, la única postura aceptable es la solidaridad, la prudencia y el respeto por la verdad.

Esa es la lección que debemos aprender de este doloroso  accidente. En un país fatigado por la polarización, el dolor no puede convertirse en arma para elaborar discursos con intenciones canallas

Hablar con mesura, esperar los resultados técnicos y honrar a las víctimas con seriedad, es una obligación elemental. Sólo así la República demuestra que entiende la diferencia entre empatía o aprovecharse del sufrimiento ajeno. La decencia pública comienza allí, donde termina la prisa por sacar infames réditos políticos.

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