“Prometieron millones y devolvieron dolor”: el clamor de una santandereana por su hijo muerto en la guerra de Ucrania

“Prometieron millones y devolvieron dolor”: el clamor de una santandereana por su hijo muerto en la guerra de Ucrania

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Resumen

Emerita Guevara Vargas enfrenta la angustia y burocracia tras la muerte de su único hijo en Ucrania, quien fue reclutado con falsas promesas de dinero. Ahora busca repatriarlo para darle una despedida digna.

Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)
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by Camilo Silvera

Con dolor en el alma, una madre santandereana habló con EL FRENTE desde el centro de una herida abierta: su único hijo murió en combate en Ucrania tras ser reclutado en Colombia con promesas de dinero que nunca llegaron. Murió en su primer combate, tras 15 días de haber llegado al lugar que nunca imaginó se convertiría no en la realización de su sueño económico sino en su patíbulo.

 

Por Camilo Ernesto Silvera Rueda - Redacción Política / EL FRENTE

“Lo pusieron como carne de cañón”, repite Emerita Guevara Vargas, madre cabeza de familia, mientras intenta ordenar fechas, llamadas, silencios y trámites que no consuelan. Con las ideas cruzadas y la voz compungida recuerda que su hijo, Brian Enrique Guevara, tenía 30 años. Llegó a Ucrania el 28 de noviembre. El 13 de diciembre fue la última vez que habló con ella. “Me dijo que iba a entrar a una misión muy peligrosa. Desde ese día no volví a saber nada de él”.

Desde ese día el tiempo se fragmentó y por los trazos que ha logrado reconstruir sabe que el 17 de diciembre hubo un ataque. Hubo versiones. Hubo rumores. Hubo objetos hallados. Pero no hubo cuerpo. Durante las últimas semanas, Emerita vivió en la espera más cruel, esa que no permite llorar del todo ni dormir nunca. “Nunca me dijeron la verdad”, dice. “Encontraron el bolso, encontraron el arma, pero el cuerpo no aparecía”, relató en su visita a EL FRENTE la mujer, a quien le duele desnudar los recuerdos.

Contó por ejemplo que la historia de Brian no empezó en un frente de guerra, sino en Colombia, en la vida cotidiana de un joven trabajador. “Era sano, trabajador”, recuerda su madre. Había pasado por varias empresas en Bucaramanga. Vivía con su abuela, una mujer de la tercera edad, a quien cuidaba. Tenía una relación inestable, planes abiertos y la sensación, tan común, de que algo mejor podía aparecer.

Ese “algo mejor” llegó en forma de oferta. Millones prometidos. Sueldo tentador. Una guerra ajena convertida en empleo. Emerita intentó detenerlo. “Yo se lo dije muy claro: no se deje enredar. Eso es mentira. Usted no tiene hijos, usted es mi único hijo. Si algo le pasa, mire cómo quedo yo”.

No bastó. La maquinaria del reclutamiento es rápida, opaca y eficaz. “Llegó el 28 y el 17 ya los estaban sacando sin tener ni un mes de entrenamiento”, relata. Brian había prestado servicio militar en la Armada en 2018 y salió con honores. Pero eso no era preparación para una guerra activa. “No tenía entrenamiento para eso. Y eso fue lo que pasó”.

 

La confirmación más dura

 

La certeza llegó por un camino inesperado. Un encuentro casual en Bucaramanga. Un contacto con un sargento en Ucrania. “Él investigó y sí, mi hijo está allá, en la morgue de Ucrania”. La frase cae como un objeto pesado sobre la mesa pues la confirmación no es alivio. Es otra forma del dolor.

Desde entonces, Emerita vive atrapada entre la burocracia y la angustia. Para repatriar el cuerpo, le dicen que debe viajar. O aceptar cenizas. Que necesita documentos apostillados, pruebas de ADN, formularios que preguntan por estado civil, hijos, convivencia. Cada papel cuesta. Cada trámite demora. Cada día pesa.

“La prueba de ADN cuesta 800 mil pesos. Gracias a Dios logré hacerla y ya la envié”, cuenta. Ha escrito a la Cancillería, al consulado, ha tocado puertas. Las respuestas llegan a medias o no llegan. Mientras tanto, ella no descansa. “No tengo paz, no tengo tranquilidad. Yo soy la mamá”.

Emerita no habla solo para pedir ayuda. Habla para advertir. Su mensaje atraviesa el micrófono y busca a los jóvenes que hoy escuchan ofertas similares. “Que no cometan ese error. Que piensen primero en la familia. Que miren el dolor”. Su voz no acusa, suplica.

Para ella, el dinero perdió todo significado. “La plata no es todo. Lo más importante es la vida. A mí la plata no me interesa. Necesito a mi hijo. Necesito el cuerpo para darle sepultura”. No pide lujos ni compensaciones. Pide despedirse. Pide cerrar el círculo del amor con un acto final de cuidado.

Emerita Guevara Vargas ha dejado sus datos con la esperanza de que la solidaridad santandereana y colombiana le permita completar el camino que el Estado no ha sabido acompañar con celeridad. Su número telefónico es 301 614 8847 y su correo electrónico emerita017@gmail.com Detrás de esos datos hay una madre esperando.

La guerra de Ucrania no es nuestra. Pero sus consecuencias ya tocan puertas colombianas. Jóvenes que salen por dinero y regresan en silencio. Madres que aprenden a pronunciar nombres de ciudades lejanas mientras piden ayuda para traer a casa lo único que les queda.

Al final de la entrevista, alguien deseó un feliz día. El deseo quedó flotando, frágil. Para Emerita, el día solo será distinto cuando pueda abrazar, por última vez, lo que la guerra le arrebató. Hasta entonces, su voz seguirá sonando, como una campana triste, para que nadie más confunda promesas con destinos y dinero con vida.

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