Que la política no nos quite la familia

Resumen

La política no debería fracturar los vínculos familiares ni de amistad; antes que electores, somos personas y seres queridos.

Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)
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Que la política no nos quite la familia

Por: Carlos Yepes.

Hay épocas en las que la política deja de ser un asunto de noticieros, plazas públicas o debates televisados, y se instala de lleno en la vida cotidiana. Colombia está viviendo una de ellas. Pasadas las elecciones de Congreso y en plena antesala de la contienda presidencial, el país respira campaña por todos lados. Y eso se nota en lo más simple: en el almuerzo del domingo, en la visita a los abuelos, en el café con los amigos, en la conversación casual que termina, casi sin darse uno cuenta, hablando de candidatos, de miedos, de esperanzas y de un futuro que cada uno imagina de manera distinta.

Hasta ahí, todo podría entenderse como parte natural de una democracia. Es sano que la gente hable de política, que se interese por el rumbo del país, que pregunte, que cuestione y que compare. Lo preocupante comienza cuando esas conversaciones dejan de ser un ejercicio de ciudadanía y se convierten en una especie de prueba de lealtad emocional, donde pensar distinto parece suficiente para romper la armonía de una casa o enfriar una amistad de años.

Ese es uno de los grandes problemas de este tiempo: la política ya no solo divide opiniones, sino que amenaza con fracturar afectos. Y eso ocurre porque, en medio de la polarización, se ha vuelto frecuente que la conversación no busque entender, sino vencer. Se habla para marcar territorio, para demostrar superioridad, para desacreditar al otro. Entonces el debate ya no gira alrededor de ideas, sino de sospechas, etiquetas y juicios morales. El que no piensa como yo no está equivocado: está perdido, manipulado o del lado incorrecto de la historia. Con esa lógica, ninguna conversación puede terminar bien.

En muchas familias eso ya se siente. Hay almuerzos en los que bastan dos frases para que cambie el ambiente. Hay reuniones en las que todos saben qué tema no debe tocarse para evitar una discusión. Hay amistades que prefieren el silencio antes que el riesgo de una pelea. Y lo más delicado es que, en ocasiones, una palabra dicha con rabia en medio de una campaña deja una marca más profunda que cualquier resultado electoral. El candidato sigue su marcha, la campaña termina, la agenda pública cambia, pero el resentimiento puede quedarse en la mesa por mucho tiempo.

Por eso conviene volver a una verdad que parece obvia, pero que a veces olvidamos: antes que electores, somos personas. Antes que simpatizantes de una ideología, somos familia. Somos hijos, padres, hermanos, esposos, amigos, vecinos. Y ninguna preferencia política debería valer más que eso. Ningún candidato merece que dos hermanos dejen de hablarse. Ningún partido justifica que una madre vea a sus hijos enfrentados como si fueran enemigos. Ninguna corriente ideológica puede ser más importante que una amistad construida con años de confianza, de acompañamiento y de vida compartida.

Claro que las elecciones importan. Importan mucho. De ellas dependen decisiones que afectan la economía, la seguridad, la salud, la educación y la estabilidad institucional del país. No se trata de restarle seriedad a la política ni de promover la indiferencia. Se trata de poner las cosas en su justa dimensión. Porque una cosa es defender una idea con firmeza y otra muy distinta usar esa idea como permiso para humillar a quien no la comparte. Una cosa es debatir con argumentos y otra degradar el vínculo humano que existe con el otro.

Tal vez una de las virtudes más escasas en esta época sea la escucha. Y no me refiero a oír en silencio mientras llega el turno de responder, sino a escuchar de verdad. Escuchar para entender qué hay detrás de la postura del otro.

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