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¿Quién eres cuando nadie te está mirando?

La verdadera medida profesional aparece cuando nadie observa: allí se revela si actuamos con rigor o con mediocridad.

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Hay una versión de nosotros que aparece cuando sabemos que nos están observando y otra, muy distinta, cuando nadie está mirando.

Por: Carmen Cecilia Orejarena Prada

Cuando hay un jefe, cumplimos. Cuando está el cliente, atendemos bien. Cuando nos evalúan, estudiamos. Cuando alguien espera resultados, nos esforzamos. Pero ¿qué pasa cuando nadie está mirando? Ahí aparece nuestro verdadero estándar.

Porque no somos mediocres porque no podamos hacer más. Somos mediocres cuando sabemos que podemos hacerlo mejor y, aun así, elegimos no hacerlo. Pensemos en algo tan sencillo como un informe. Sabemos que tiene un error. Nadie lo ha visto. ¿Lo corregimos o pensamos: “seguramente nadie se dará cuenta”?

Un cliente espera nuestra respuesta. Podemos contestarle hoy o dejarlo para mañana. ¿Qué hacemos? Encontramos una cifra que no nos cuadra. Podemos detenernos, investigar y entender qué ocurrió. O podemos pensar: “eso debe estar bien; después lo reviso”.

¿Cuántas veces ese “después” termina siendo un problema? Ahí empieza el asunto. No en lo que hacemos cuando nos vigilan, sino en lo que nos permitimos hacer cuando sabemos que podemos salirnos con la nuestra. Esto debería preocuparnos en el ejercicio profesional. Porque nuestro trabajo no termina en nosotros.

¿Qué pasa cuando un contador no revisa suficientemente una cifra? ¿Cuándo un administrador decide sin analizar la información disponible? ¿Cuándo un profesional deja de actualizarse porque nadie se lo exige? ¿Cuándo alguien firma, certifica, recomienda o asesora sin haber hecho el trabajo con la rigurosidad que sabe que merece? ¿Podemos seguir llamando a eso simplemente “un error”?

Hay errores que nacen de la equivocación. Pero también hay errores que nacen de la negligencia, de la prisa, de la comodidad o de esa peligrosa certeza de que nadie estará mirando. Y entonces aparece una pregunta que no es profesional, sino personal: ¿Cuál es el estándar que tienes cuando nadie puede exigirte uno?

Podemos tener títulos, experiencia, cargos y trayectoria. Podemos incluso construir una imagen impecable. Pero ¿qué hacemos con aquello que nadie ve? ¿Estudiamos porque queremos saber o para demostrar que sabemos? ¿Revisamos porque somos responsables o porque pueden auditarnos? ¿Cumplimos porque entendemos el compromiso o porque tememos las consecuencias de no hacerlo? ¿Buscamos hacer un buen trabajo o simplemente uno que pase? Esta última pregunta debería incomodarnos.

Porque hay una mediocridad que pasa inadvertida. Es la del profesional que entrega lo mínimo, pero siempre encuentra una explicación. La del empresario que quiere crecer, pero no quiere revisar sus números. La del líder que exige excelencia mientras él mismo trabaja al límite de lo aceptable. La de quien reclama compromiso de los demás, pero se concede a sí mismo todas las excusas. Y quizás el problema más grave sea que esa mediocridad rara vez llega anunciándose.

Llega disfrazada de cansancio, de falta de tiempo, de “nadie lo va a notar”, de “siempre se ha hecho así”, de “por ahora funciona”. Hasta que un día descubrimos que no fue una gran decisión la que nos llevó hasta allí. Fueron cientos de pequeñas decisiones en las que pudimos hacerlo mejor y decidimos no hacerlo.

Por eso no quiero preguntar si somos buenos profesionales. Quiero dejar una pregunta más difícil: Si nadie pudiera ver tu trabajo, si nadie pudiera reconocerte, premiarte o castigarte por hacerlo bien o mal, ¿seguirías haciéndolo de la misma manera? Tal vez la respuesta no nos guste.

Pero puede ser exactamente la respuesta que necesitamos para darnos cuenta. Y hacernos cargo.

*Educadora empresarial