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Reconstruir Colombia con la caja vacía

Colombia enfrenta la reconstrucción tras el terremoto en medio de finanzas públicas apretadas, inflación, inseguridad y la necesidad de priorizar gasto e inversión.

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Por: Felipe Rodríguez Espinel

Hay momentos en que a un gobierno le corresponde administrar el país que imaginó durante la campaña y otros en que debe gobernar el país que le entregó la realidad. A Abelardo De La Espriella le ocurrió lo segundo, llegó a la Presidencia con la promesa de recuperar el orden, fortalecer la autoridad y cambiar el rumbo de un país profundamente polarizado. Sin embargo, gobernar suele ser bastante más complejo que hacer campaña. Y las primeras semanas ya se encargaron de demostrarlo.

El nuevo Gobierno encuentra unas finanzas públicas estrechas, una inflación que continúa golpeando el bolsillo de los hogares, tasas de interés elevadas, problemas de seguridad en distintas regiones y una economía que, aunque sigue creciendo, necesita mayor inversión para generar oportunidades sostenibles. A todo ello se suma ahora el enorme desafío de atender y reconstruir los territorios afectados por el reciente terremoto.

Es una combinación difícil. Colombia necesita gastar más en reconstrucción, infraestructura y seguridad precisamente cuando sus cuentas públicas exigen mayor disciplina. Ahí aparece quizás la primera gran prueba para De La Espriella: establecer prioridades. No todo puede resolverse con más presupuesto, como tampoco todo puede solucionarse recortando gasto. El verdadero desafío será identificar qué gastos puede reducir el Estado sin afectar derechos ni servicios esenciales y, al mismo tiempo, dirigir recursos hacia aquellas inversiones capaces de producir empleo, crecimiento y bienestar.

Pero reconstruir Colombia significa algo más que levantar viviendas, reparar carreteras o recuperar hospitales. Hay territorios donde el Estado históricamente ha llegado tarde, de manera precaria o simplemente no ha logrado permanecer. En esos lugares, una carretera nueva sirve de poco si continúa dominada por organizaciones criminales; y recuperar militarmente un territorio será insuficiente si después no llegan justicia, educación, salud, empleo y oportunidades. Por eso, la seguridad, una de las principales banderas del presidente, tendrá que demostrar resultados sin convertirse en la única respuesta del Estado. Autoridad y desarrollo no deberían plantearse como opciones contrarias. Colombia necesita ambas.

También existe otro desafío menos visible, reconstruir confianza. De La Espriella ganó la Presidencia en un país políticamente dividido y deberá gobernar también para quienes no votaron por él. Su capacidad para construir acuerdos sin renunciar a sus convicciones será fundamental. Gobernar no significa abandonar principios, pero tampoco convertir cada diferencia en una batalla. Sería injusto responsabilizar al nuevo Gobierno de problemas acumulados durante décadas. Pero también sería equivocado permitir que la herencia recibida se convierta durante cuatro años en explicación para todo aquello que no funcione. Cada gobierno recibe dificultades y oportunidades. Al final, la historia no suele juzgar únicamente lo que un presidente encontró, sino lo que hizo con aquello que encontró.

El presidente tiene frente a sí un reto enorme. Puede limitarse a administrar la emergencia y confrontar adversarios, o puede intentar algo mucho más difícil, reconstruir infraestructura, ordenar las finanzas, recuperar territorios y reconciliar a un país cansado de dividirse entre vencedores y derrotados. Quizás esa sea la verdadera reconstrucción que Colombia necesita.