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Santander se repite en un cuadro de desastres con cada ola invernal

Santander enfrenta daños repetidos por las lluvias: vías frágiles, deslizamientos y pérdidas rurales evidencian la urgencia de prevención e inversión sostenida.

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Durante las últimas semanas Santander no ha sido azotado sólo un episodio de lluvias intensas. Sufre una prueba de Estado. Cada aguacero exhibe una misma falla institucional, carreteras frágiles, drenajes insuficientes, puentes en riesgo, viviendas expuestas y una economía rural que paga la factura antes que llegue la ayuda.

Los reportes más recientes del IDEAM mantienen alertas diarias por deslizamientos y crecientes súbitas en el país, mientras Santander entra en la franja más delicada de la temporada.

La evidencia ya está sobre la mesa. En el área metropolitana de Bucaramanga, las lluvias recientes causaron colapsos en alcantarillado, caída de árboles y rocas, y serios problemas de movilidad.

En la vía entre Bucaramanga y San Vicente de Chucurí, las fallas del terreno se agravaron con las precipitaciones hasta poner en serios  aprietos la continuidad del corredor. No hablamos de molestias pasajeras. Hablamos de infraestructura que cede y de territorios que quedan aislados cuando más necesitan conexión.

Urge también una respuesta que no dependa sólo de la declaración de urgencia. Hace falta inventario real de puntos críticos, control sobre taludes, limpieza de cauces, reparación de puentes y apoyo directo a productores y familias perjudicados por la carencia de movilidad.

El costo de la inacción siempre resulta mayor que el de la prevención, y en el departamento de Santander esa lección ya dejó demasiadas pérdidas que no se subsanan acorto plazo.

El golpe más duro cae sobre el mundo rural. En febrero, la Oficina de Gestión del Riesgo habló de cerca de 300 familias afectadas en Santander, con daños concentrados en municipios clave y agrícolas  como Lebrija, Sabana de Torres y Rionegro.

En Lebrija hubo pérdidas de viviendas y una muerte. En Sabana de Torres, el desbordamiento dejó familias damnificadas y daños en palma de aceite, cítricos, yuca y plátano, además de vías terciarias golpeadas. En el corregimiento Berlín, de Tona la cebolla se ahogó y hay unas cien familias en la ruina.

Esa representación no pertenece al pasado. Resume el presente de un departamento que vive del campo y de sus corredores de salida.

La discusión, entonces, entre políticos, gobernantes y dirigentes no puede reducirse a auxilios de emergencia ni a visitas de consolación. Santander requiere obras de fondo, mantenimiento serio y una política preventiva que llegue antes de cada derrumbe.

Cuando una carretera se parte, no sólo se pierde asfalto. Se encarecen los alimentos, se atrasan los despachos, se castiga el ingreso campesino y se debilita el mercado regional, porque en un departamento con fuerte peso agropecuario y una participación decisiva en la producción nacional, cada cierre vial afecta la mesa y el bolsillo.

El invierno no admite discursos de consolación. Exige capacidad técnica, inversión sostenida y autoridad para decidir con anticipación. Mientras la respuesta llegue tarde después del daño, Santander repetirá la misma escena, barro, aislamiento, pérdidas y promesas. La verdadera emergencia no es sólo la lluvia. Es la costumbre de reaccionar tarde.