¿Supieron lo del agarrón entre el Banco de la República y el gobierno nacional? Solo les faltó voltiarse el mascadero. Le contamos

Resumen

El Gobierno rompió con la Junta del Banco de la República tras el alza de tasas al 11,25%, un choque que enfrenta control de inflación y reactivación económica.

Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)
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by Camilo Silvera
¿Supieron lo del agarrón entre el Banco de la República y el gobierno nacional? Solo les faltó voltiarse el mascadero. Le contamos

 

Lo que ocurrió en el Banco de la República no es una simple diferencia técnica. Es un pulso de poder en toda regla, una grieta institucional que deja ver dos visiones irreconciliables sobre cómo manejar la economía del país… y cuyos efectos pueden sentirse desde los mercados financieros hasta el bolsillo del ciudadano común.

 

La jornada terminó con una escena que rompe cualquier protocolo: el ministro de Hacienda, Germán Ávila, abandonando abruptamente la reunión de la Junta Directiva, convocando su propia rueda de prensa y anunciando, sin consenso, una ruptura abierta entre el Gobierno del presidente Gustavo Petro y el banco central.

El episodio marca un punto de quiebre sin precedentes recientes. El propio ministro confirmó que el Gobierno decidió retirarse de la Junta del Banco de la República, estableciendo una “distancia significativa” con el Emisor.

No es un gesto menor. En términos institucionales, equivale a que el Ejecutivo se desentienda, al menos temporalmente, de uno de los espacios más importantes de coordinación económica del país. Es como si el copiloto decidiera bajarse del avión en pleno vuelo porque no está de acuerdo con la ruta.

La molestia del Gobierno tiene una raíz clara: la decisión de la mayoría de la Junta de subir nuevamente la tasa de interés, esta vez hasta el 11,25%, en un incremento de 100 puntos básicos.

 

El corazón del conflicto: subir

tasas o impulsar la economía

Aquí está el verdadero campo de batalla. Para el Banco de la República, la prioridad es controlar la inflación, que sigue lejos de la meta del 3% y ronda niveles superiores al 5%.

Para lograrlo, la receta clásica es enfriar la economía: subir tasas de interés para encarecer el crédito, reducir el consumo y frenar el alza de precios. Pero para el Gobierno, esa medicina puede terminar siendo peor que la enfermedad.

El ministro Ávila calificó el incremento como “desproporcionado” y advirtió que podría golpear la economía real, afectando a hogares, pequeñas empresas y el empleo, además de priorizar, según su crítica, los intereses del sector financiero sobre los ciudadanos.

En otras palabras, el Gobierno acusa al banco central de aplicar una política fría en un país que ya está sintiendo el hielo en los huesos.

La decisión no fue unánime. Cuatro de los siete miembros votaron por subir las tasas, mientras otros defendían posturas distintas, reflejando una fractura interna que ahora se amplifica con el choque político. Y aquí aparece un elemento clave: la independencia del Banco de la República.

Por mandato constitucional, el banco central debe tomar decisiones técnicas, no políticas, con el objetivo principal de proteger el poder adquisitivo mediante el control de la inflación.

El gerente del Emisor, Leonardo Villar, defendió esa autonomía, insistiendo en que combatir la inflación es, en sí mismo, una política social, porque evita que los precios sigan devorando los ingresos de los colombianos.

 

Meses y meses de confrontación

Pero el Gobierno ve otra cara del espejo: tasas altas significan créditos más caros, inversión frenada y crecimiento debilitado. Este choque no nació hoy. Es la culminación de una tensión acumulada durante meses. Desde inicios de 2026, el Gobierno ya venía criticando las alzas de tasas, calificándolas incluso como errores graves.

El problema es que el contexto económico está lejos de ser cómodo. La inflación sigue presionada por factores internos como el aumento del salario mínimo en más de 23% y por factores externos como el encarecimiento del petróleo y tensiones internacionales.

A eso se suma un panorama fiscal delicado y un crecimiento económico que muestra señales de desaceleración, con proyecciones cercanas al 2,8% para 2026. Es decir, el país está atrapado en una especie de dilema económico: si se suben tasas, se enfría la economía; si no se suben, la inflación puede desbordarse.

Este conflicto va mucho más allá de una cifra porcentual. Lo que está en disputa es el equilibrio entre política y técnica, entre el poder democrático del Gobierno y la autonomía de una institución diseñada precisamente para resistir presiones políticas. Cuando ese equilibrio se rompe, el mensaje hacia los mercados, inversionistas y ciudadanos es inquietante. La incertidumbre se convierte en protagonista.

Y en economía, la incertidumbre no es un espectador pasivo: encarece el crédito, frena la inversión y puede golpear la confianza en el país.

Lejos de resolverse, todo indica que este episodio es apenas el inicio de una confrontación más profunda.

El Gobierno ha dejado claro que no está dispuesto a respaldar decisiones que, en su visión, frenan el crecimiento. El Banco de la República, por su parte, parece decidido a mantener su independencia incluso bajo presión política.

Dos fuerzas, dos lógicas, dos ritmos… avanzando en direcciones opuestas dentro del mismo tablero económico. Y mientras esa tensión se estira como una cuerda al límite, millones de colombianos quedan en medio, sintiendo cómo las decisiones de alto nivel terminan traduciéndose en algo mucho más cotidiano: créditos más caros, precios que no ceden y un futuro económico que se vuelve cada vez más incierto.

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por Camilo Silvera
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