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Una enfermedad que la sociedad sigue castigando

La obesidad debe abordarse como una enfermedad integral, no como un problema estético; el estigma social y la falta de atención médica agravan el daño físico y emocional.

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La obesidad. Por experiencia propia entiendo lo que significa sufrir bullying por la obesidad y conozco la dureza con la que la sociedad suele tratar a las personas con sobrepeso. Hace un poco más de nueve años llegué a pesar 113 kilos. Viví episodios de depresión provocados por los comentarios ofensivos, por la dificultad de encontrar ropa para mi talla, por no recibir la atención médica adecuada y por muchas otras situaciones derivadas de mi condición física.

Durante años se nos ha impuesto la idea de que la belleza femenina debe ajustarse a determinadas medidas y a un peso “ideal”. La industria de la moda y el consumo ha estandarizado tallas irreales que excluyen a millones de mujeres. La moda femenina rara vez piensa en cuerpos reales, en mujeres con contexturas diferentes, y basta mirar campañas publicitarias o vitrinas para entenderlo: casi nunca aparecen mujeres gordas representadas dignamente. Aunque muchos lo minimicen, esa ausencia también hiere.

Lo ocurrido hace algún tiempo con la senadora Paloma Valencia no es un hecho aislado. Miles de mujeres han vivido situaciones similares desde la infancia. En los colegios, muchas niñas con sobrepeso son señaladas como “la gordita del salón”, una etiqueta aparentemente inofensiva que termina convirtiéndose en una carga emocional. Esos comentarios dejan heridas profundas y construyen en muchas menores la sensación de no ser suficientes o “normales”.

En medio de esa presión social, bajar de peso deja de ser un propósito saludable y se convierte en una obsesión. Allí nacen trastornos alimenticios como la bulimia y la anorexia, enfermedades alimentadas por el ideal imposible de la “mujer perfecta”. El matoneo constante, las críticas crueles y la humillación cotidiana —muchas veces provenientes incluso de la familia— terminan afectando la autoestima y destruyendo el amor propio. Muchas mujeres dejan de arreglarse, de maquillarse o incluso de reconocerse valiosas frente al espejo.

La obesidad no puede seguir tratándose únicamente como un asunto estético. Es una enfermedad que requiere atención integral del Estado y del sistema de salud. Colombia necesita políticas públicas serias para atender el sobrepeso, los trastornos alimenticios y las afectaciones emocionales que acompañan estos procesos. Hoy, los programas de atención existentes son insuficientes y muchas veces no responden a las necesidades reales de los pacientes.

Acceder a una cirugía bariátrica dentro del sistema de salud suele convertirse en una odisea. Los trámites interminables, las negativas y las barreras administrativas hacen que muchos pacientes desistan del proceso. Quienes tienen capacidad económica terminan recurriendo a tratamientos particulares y pagando de su bolsillo operaciones que, en muchos casos, son necesarias para recuperar su salud y calidad de vida.

Sin embargo, el proceso no termina con la pérdida de peso. Después de bajar 30, 40 o incluso 50 kilos aparece un nuevo desafío: el exceso de piel. Verse al espejo y encontrar un cuerpo marcado por pliegues y piel sobrante puede abrir la puerta a una nueva depresión. Procedimientos como la abdominoplastia, la braquioplastia o el lifting de muslos no deberían considerarse simples cirugías estéticas en estos casos, sino parte fundamental de la recuperación física y emocional del paciente.

La obesidad, el sobrepeso y los trastornos asociados necesitan una mirada más humana y menos superficial. Se requiere un sistema de salud eficiente, políticas públicas reales y, sobre todo, una sociedad más consciente y empática. Porque detrás de cada cuerpo hay una historia, y detrás de cada comentario cruel puede haber una herida que dure toda la vida.