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Votar ignorando es tan grave como no votar

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Resumen

En Colombia, muchos votan sin conocer a sus candidatos, visto como normal y hasta deliberado. Sin ciudadanos informados, la democracia se convierte en una simple rifa, dejando al país sin obras ni desarrollo. Informarse antes de votar es urgente y esencial.

Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)
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Votar ignorando es tan grave como no votar

Por: Felipe Rodríguez Espinel

Colombia tiene un problema que casi nadie se atreve a decir en voz alta: millones de ciudadanos eligen a sus gobernantes sin saber absolutamente nada sobre ellos. No es ignorancia casual. Es una costumbre normalizada, tolerada y, en muchos casos, deliberadamente cultivada por quienes se benefician de ella.

Cada ciclo electoral se repite el mismo ritual. Aparecen las carpas, los refrigerios, las camisetas de colores encendidos y los tarjetones repartidos con nombre ya marcado. Llegan los candidatos con discursos construidos para emocionar, no para informar. Y la ciudadanía, hastiada de una política que históricamente le ha fallado, termina votando por el más conocido, por el que le cayó bien en un video, por el que le resolvió un trámite o, simplemente, por el que le pagó el transporte hasta el puesto de votación.

También está en la cultura del voto como transacción. Está en el ciudadano que elige al candidato de su partido de toda la vida sin preguntarse qué hizo ese partido por su municipio en los últimos veinte años. Está en quien vota por el nombre del padre sin evaluar los méritos del hijo. Está en quien decide en el último minuto, guiado por la última cuña radial que escuchó camino al puesto de votación. La democracia representativa tiene una premisa básica que Colombia lleva décadas violando, para funcionar, requiere ciudadanos informados. Sin esa condición, no es democracia. Es una rifa.

Y las consecuencias las paga el territorio. Las pagan las vías que no se construyen, los hospitales que no se dotan, los proyectos de ley que no se presentan porque el representante elegido no sabe redactarlos o no tiene las relaciones institucionales para tramitarlos. Las pagan las comunidades que esperan cuatro años a que su congresista aparezca por primera vez en el municipio, ya en campaña, con otra promesa nueva.

Lo paradójico es que la información existe y es pública. Los informes de gestión de cada congresista están disponibles en el sitio web del Senado y Cámara de Representantes. Los registros de asistencia, los proyectos radicados, los debates liderados, los recursos gestionados, todo está ahí, al alcance de cualquier persona con un teléfono y diez minutos de disposición. El problema no es la falta de acceso. Es la falta de hábito.

Aquí la responsabilidad es compartida. Los medios de comunicación regionales tienen el deber de hacerle seguimiento riguroso a la gestión de los congresistas, no solo durante las campañas. Las organizaciones sociales deben exigir rendición de cuentas como condición para otorgar respaldo político. Y el ciudadano del común tiene que entender que su voto no es un favor que le hace a un candidato, es una decisión de poder con consecuencias reales sobre su propia vida.

Colombia no va a cambiar sus congresistas hasta que cambie la manera de elegirlos. Y eso empieza con algo tan simple, y tan urgente, como informarse antes de votar.

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