“Yo recibo a los partidos pero no recibo a los corruptos”: ¿Le podemos creer a Paloma Valencia?

“Yo recibo a los partidos pero no recibo a los corruptos”: ¿Le podemos creer a Paloma Valencia?

Resumen

Paloma Valencia suma respaldo de varios partidos y afirma que aceptará alianzas, pero no figuras vinculadas a corrupción.

Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)
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by Camilo Silvera

 

La candidata presidencial Paloma Valencia, hoy convertida en la principal receptora del respaldo de buena parte de la maquinaria política tradicional, aseguró que está dispuesta a sumar partidos a su proyecto, pero no a cargar con figuras salpicadas por corrupción, una promesa que inevitablemente despierta preguntas en una democracia donde los avales suelen llegar en combo.

Tras consolidar el apoyo institucional del Partido Conservador, sectores del liberalismo, La U y buena parte de Cambio Radical, la aspirante de la Gran Consulta por Colombia defendió la necesidad de construir una alianza amplia de cara a las presidenciales, presentando su campaña como un proyecto de convergencia nacional más que de exclusividad ideológica.

Valencia agradeció especialmente el respaldo liberal y sostuvo que Colombia no solo necesita un presidente, sino un gran equipo capaz de integrar sectores diversos para enfrentar la crisis nacional. Bajo esa lógica, abrió la puerta a nuevas adhesiones partidistas, insistiendo en que su campaña busca sumar fuerzas de distintos rincones políticos.

Sin embargo, en medio de esa convocatoria amplia, la senadora trazó una línea que busca marcar distancia ética, al menos en el discurso. “Yo recibo los partidos, pero no recibo a los corruptos”, afirmó, subrayando que quienes lleguen a su proyecto deberán acogerse a reglas de “manos limpias”, respeto institucional y servicio público.

La declaración, naturalmente, aterriza en un terreno políticamente espinoso para el uribismo, especialmente cuando el Centro Democrático, partido en el que Valencia ha construido su carrera, ha enfrentado sus propias turbulencias judiciales, incluida la reciente condena por corrupción de uno de sus senadores, un detalle que convierte cualquier bandera anticorrupción en una prueba de coherencia más exigente que un eslogan de tarima.

Así, mientras Valencia intenta capitalizar el respaldo de estructuras partidistas tradicionales sin heredar sus pasivos más tóxicos, su apuesta parece caminar por una cuerda floja: sumar caciques sin contaminarse, abrir puertas sin dejar entrar viejas prácticas y vender renovación desde una coalición nutrida precisamente por partidos que durante años han sido protagonistas del establecimiento que muchos colombianos cuestionan.

Por ahora, la candidata aparece como la aspirante con mayor musculatura partidista en el tablero electoral. La incógnita, más allá del volumen de apoyos, será si su promesa de aceptar partidos pero excluir corruptos logra sobrevivir al siempre creativo realismo de la política colombiana.

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por Camilo Silvera
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