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70 años ‘empantallados’

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Resumen

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Por: Adriana Villegas

Primero fue el cine. Los hermanos Di Doménico presentaron en 1912 en el Gran Salón Olympia de Bogotá “La novela de un joven pobre”, una película de cine mudo, y rápidamente las salas de cine se volvieron frecuentes en Colombia, junto con las bombillas y los automóviles. En Fue cuestión de años empezar a producir películas: “María” es de 1921 y “Madre”, rodada en Manizales, es de 1923. Poco después llegó la radio.

Los señalamientos apuntaron luego a las radionovelas y más tarde a la televisión. El 13 de junio de 1954 el general Gustavo Rojas Pinilla celebró el primer año de su dictadura con la inauguración de la TV, y de esa primera emisión se cumplieron 70 años esta semana.

Entre los pioneros de la nueva industria estuvo la escritora Maruja Vieira, quien trabajó en la televisión de Venezuela antes de que ese invento llegara a Colombia. Como ella, otros declamadores, locutores, periodistas y actores de radioteatro nutrieron una programación que en pocos años se instaló como el centro de reunión de todas las casas.

Entre los recuerdos más vívidos de mi infancia está la televisión. Aprendí a leer con mi mamá y Plaza Sésamo, y en los 80 llegaba del colegio a ver El Chavo, Chespirito y Pequeños Gigantes. Los sábados por la mañana madrugaba a ver: El Planeta de los simios, Mánimal y Los Superamigos.

Mucho antes de que habláramos del anime japonés acompañé a Heidi en su silla de ruedas, a la Abeja Maya en sus aventuras y a José Miel a buscar a su mamá. La televisión establecía nuestros horarios: comíamos después de 24 Horas y El Noticiero de las 7 y los domingos regresábamos de la casa de los abuelitos cuando terminaban Naturalia y Don Chinche.

Mis papás no se perdían Petrocelli y Los Hart Investigadores, y luego vimos con ellos Los Magníficos, pero cuando se popularizaron las telenovelas asumieron una posición similar a la de Claudina Múnera con el cine: eran pecaminosas. A la hora de “Los ricos también lloran”, “La Fiera” y “Topacio” nos mandaban a dormir, y ni hablar de “Los pecados de Inés de Hinojosa”: supe que Amparo Grisales y Margarita Rosa de Francisco se besaron por los detalles que oí en el colegio.

Pese a los horarios y reglas que nos fijaron, ver televisión fue mi principal entretenimiento infantil y juvenil. No había Internet, no fui deportista y tampoco fui lectora temprana. Viendo noticieros me antojé de estudiar periodismo, porque los reporteros viajaban a muchos países, y con esa lógica no sé por qué no se me ocurrió estudiar turismo.

La televisión nos congregaba y era tema de conversación. “Gallito Ramírez”, “El Rey”, “Café”, “Betty la fea”, “Vuelo secreto”, los Victorinos, los Simpson, y “Desafío”, el primer reality, de hace ya 20 años, son referentes compartidos por varias generaciones. Ese punto de encuentro que era la TV abierta riñe con las pantallas contemporáneas que invitan a una experiencia solipsista, en la que hablar con personas del mundo real resulta accesorio.

Hoy rara vez prendo el televisor. Soy analfabeta ante el variado menú del control remoto. De los noticieros recibo pedacitos por redes sociales. Uso el TV solo para películas y algunos eventos deportivos. Hace décadas migré a las pantallas del computador y el celular y, cada vez veo fragmentos audiovisuales más breves. Sé que como mamá me corresponde decirle a mi hija empantallada “es hora de apagar y dormir”, aunque esa frase me lleva a la niña que fui. Entiendo lo nocivas que pueden ser las pantallas en un salón de clases y lo que causan las redes en la autoestima adolescente.

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