Anticivismo se pavonea y parquea en cualquier calle de Bucaramanga
Bucaramanga enfrenta una crisis de orden urbano por el uso indebido de calles como parqueaderos y la falta de control efectivo.
Bucaramanga enfrenta una crisis de orden urbano por el uso indebido de calles como parqueaderos y la falta de control efectivo.
Los puntos clave serán generados automáticamente por IA y revisados por la redacción de El Frente.
El contexto histórico y los antecedentes serán generados a partir del archivo periodístico de El Frente.
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‘La Ciudad Bonita’ no tiene un problema menor de movilidad. Tiene en sus calles y avenidas una crisis de orden urbano que revela cuánto cuesta permitir que el espacio público pierda su función.
Cuando una vía pública se transforma en parqueadero, la ciudad deja de ser un lugar para circular y convivir y pasa a estar sometida a la anarquía y comodidad de quien estaciona donde quiere.
El último diagnóstico entregado por las autoridades resulta incómodo. Las vías son estrechas, la cifra de vehículos aumenta y la oferta de estacionamientos no responde a la demanda.
El sector de Cabecera, zona comercial, representa uno de los ejemplos más visibles, con un déficit estimado de 2.000 cupos de parqueo, mientras numerosos conductores ocupan calles y zonas de circulación durante largos periodos.
Bucaramanga se acerca al millón de vehículos y cuenta con una oferta aproximada de 500 parqueaderos privados, una capacidad que resulta insuficiente frente a las necesidades de una ciudad con intensa actividad comercial y residencial.
Pero reducir esta crisis a la falta de parqueaderos sería una mirada incompleta. También existe un problema de autoridad. Las normas pierden eficacia cuando las infracciones se vuelven habituales y las sanciones no producen un cambio visible en las conductas.
Una ciudad no puede aspirar al civismo si sus reglas dependen de la voluntad individual y no de una aplicación contundente, constante y drástica. En ese escenario, las Zonas de Estacionamiento Regulado Transitorio representan una alternativa que merece una decisión clara.
Delimitar lugares, establecer horarios y fijar tarifas puede ayudar a recuperar vías, ordenar sectores congestionados y ofrecer una respuesta racional a una demanda que hoy encuentra salida en el espacio público. Sin embargo, ninguna medida funcionará por sí sola. Si la regulación llega sin control efectivo, puede convertirse en otro mecanismo administrativo sin impacto real sobre la calle.
Bucaramanga necesita asumir que estacionar también es un asunto de política urbana. Hace falta ampliar y mejorar la oferta de parqueaderos, revisar las condiciones de acceso en las zonas de mayor demanda, garantizar controles permanentes y aplicar sanciones.
También resulta indispensable que la ciudadanía entienda que una vía no es una extensión de su garaje particular o que los andenes no son vitrina de ‘exhibición’ para motocicletas. La discusión, por tanto, no debe limitarse a cuántos cupos faltan, sino en qué ciudad se quiere construir.
Una ciudad ordenada no se mide sólo por sus grandes obras, sino por la disciplina con la cual protege sus espacios comunes de manera firme y constante. Bucaramanga tiene la oportunidad de corregir una costumbre que se volvió paisaje.
Para lograrlo necesita menos tolerancia frente al abuso del espacio público, más planeación y una autoridad capaz de hacer cumplir las reglas. Sólo así el estacionamiento callejero dejará de ser un obstáculo cotidiano para convertirse en parte de una movilidad que proteja y les dé su espacio establecido a todos los actores viales.