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Ciencia, libertad y ciudadanía

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Resumen

El artículo enfatiza los peligros de la desinformación en tiempos de pandemia e insta a fomentar una cultura científica para discernir entre la realidad y las pseudociencias. Advierte que el pensamiento crítico y el entendimiento científico son esenciales para la libertad y la salud del ciudadano.

Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)
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Uno de los recuerdos más lamentables que me dejó la pandemia fue el de un allegado que, habiendo contraído el virus y estando en muy delicado estado de salud, se rehusó a ingresar a la UCI porque había recibido información de que allí asesinaban a los pacientes.

Todo enmarcado en una narrativa más grande, de que el virus era una invención de las “élites globales” para acabar con el resto de la población. El resultado fue que falleció ahogado, sin hacer uso de la que hubiera sido su única oportunidad para salvarse.

Tristes casos, como este, son un ejemplo extremo de los peligros de la desinformación, los cuales se mantienen latentes en una época en la que no faltan los gurús que aconsejan dietas insanas o niegan el cambio climático. Carl Sagan, con su elocuencia característica, nos recordaba siempre que la ciencia no es solo una colección de hechos, sino un modo de pensar, una manera de escudriñar el universo y discernir entre la realidad y la ilusión.

En esta era digital, donde la información fluye más rápido que nuestra capacidad para verificarla, fomentar una cultura científica se convierte en una tarea de vital importancia, no solo para avanzar en el conocimiento, sino para preservar nuestra libertad.

La ciencia, en su esencia, nos enseña a cuestionar, a no aceptar afirmaciones sin evidencia, a evaluar los datos y a entender el mundo de manera crítica. Esta forma de pensar es esencial para desarrollar ciudadanos libres, menos susceptibles a ser manipulados por aquellos que venden ilusiones en redes sociales o por las diversas pseudociencias que proliferan en la actualidad.

En un mundo inundado por la información, la capacidad de discernir lo que es científicamente válido nos protege de ser engañados por afirmaciones sin fundamento que pueden, en el mejor de los casos, llevarnos a malgastar recursos y, en el peor, poner en riesgo nuestra salud y bienestar.

La importancia de distinguir entre correlación y causalidad ilustra perfectamente cómo la ciencia nos dota de herramientas para navegar el mar de información. La correlación indica que dos variables están relacionadas de alguna manera, pero esto no significa que una cause la otra. Un ejemplo simple y cotidiano de esta diferencia la vemos en la relación entre el consumo de helado y el aumento de ahogamientos.

Durante los meses de verano, se observa un incremento tanto en la venta de helados como en el número de ahogamientos. Un escenario que podría llevar a alguien a concluir erróneamente que comer helado causa ahogamientos.

La causalidad no está presente; lo que ocurre es que ambos eventos están relacionados con una tercera variable: la temperatura. Un razonamiento que aplica para casos sencillos como este, pero también para abordar problemas de salud pública como el consumo indiscriminado de antibióticos.

Fomentar una cultura científica también nos ayuda a entender que el conocimiento es provisional, sujeto a revisión ante nueva evidencia. Este principio es fundamental en un mundo donde las verdades absolutas se proclaman con demasiada frecuencia, cerrando el camino al diálogo. La ciencia, con su enfoque en la duda razonable y la apertura al cambio, nos permite adoptar posturas matizadas y mantener los oídos abiertos a otros argumentos y puntos de vista.

Pensar Ciudad es fomentar una cultura científica. Ello no solo nos permite entender mejor nuestro lugar en el mundo, sino que también nos hace más libres, menos susceptibles a la manipulación y capaces de tomar mejores decisiones; aunado a que facilita la sana apertura democrática que deriva en mejores ciudadanos.

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