Colombia se levanta
Tras el sismo, la solidaridad de gobierno, oposición, empresas y ciudadanía marcó una tregua política temporal frente a la emergencia.
Tras el sismo, la solidaridad de gobierno, oposición, empresas y ciudadanía marcó una tregua política temporal frente a la emergencia.
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El contexto histórico y los antecedentes serán generados a partir del archivo periodístico de El Frente.
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Por: Felipe Rodríguez Espinel
El 10 de agosto de 2026 partió en dos la agenda de un país que apenas tres días antes había estrenado gobierno. El sismo, deja, según el último balance oficial, 289 personas fallecidas, 4.187 heridas y 143 desaparecidas, además de miles de viviendas destruidas o averiadas en 15 departamentos. Las cifras han variado día a día conforme las autoridades depuran los reportes iniciales con los registros de Fiscalía y Medicina Legal.
Pero esta columna no busca únicamente narrar la tragedia. Busca registrar algo que, en un país acostumbrado a la polarización, no era del todo previsible. Durante los días más duros de la emergencia, la solidaridad se impuso, al menos en la superficie, sobre la fractura política que había definido la campaña electoral de 2026.
El nuevo presidente, Abelardo de la Espriella, llevaba apenas 72 horas en el cargo cuando tuvo que activar el PMU. Del otro lado, el expresidente Petro quien no había reconocido la victoria electoral de De la Espriella, suspendió sus convocatorias a la «desobediencia civil» y, en cambio, llamó a «coordinar esfuerzos» y «activar la solidaridad» con las comunidades afectadas.
La tregua se replicó puertas adentro de la propia izquierda. Cuando algunas voces del petrismo intentaron capitalizar políticamente la tragedia, fue Gustavo Bolívar del mismo sector quien salió a corregir el rumbo, calificó esos mensajes de «inhumanos» y recordó que «este evento terrible no tiene que ver con la política ni con el cambio de gobierno».
La respuesta ciudadana y empresarial fue igual de contundente. La ANDI, transformó su Congreso Empresarial Colombiano en una plataforma de recaudo, a los que se sumaron bancos de materiales de construcción donados por productoras de acero, cemento y ladrillo. Medellín, por su parte, recaudó 6.000 millones de pesos y 31 toneladas de alimentos en una sola jornada. En Bogotá, Cali y el Eje Cafetero, miles de voluntarios anónimos removieron escombros, clasificaron donaciones y llevaron agua y alimentos a los equipos de rescate.
La comunidad internacional tampoco se quedó al margen. Colombia recibió ofertas de cooperación por 1.300 millones de dólares. El Banco Mundial y la CAF destinaron recursos no reembolsables para atención humanitaria, y más de una docena de países entre ellos Ecuador, El Salvador y Estados Unidos, enviaron equipos de búsqueda y rescate o ayuda económica directa.
Sería, sin embargo, poco riguroso presentar esta historia como una unidad perfecta y sin fisuras. El senador opositor Iván Cepeda denunció que la distribución de algunas ayudas internacionales fue «selectiva». El propio embajador de China en Colombia reclamó públicamente al Gobierno definir cuanto antes un canal oficial para coordinar la asistencia extranjera.
Estas tensiones no anulan el hallazgo central. Frente a la magnitud del desastre, las fuerzas políticas, el empresariado, la ciudadanía y la comunidad internacional encontraron, así fuera de manera parcial y temporal, un terreno común. La pregunta es si esa tregua sobrevivirá a la fase de reconstrucción, cuando entren en juego la reasignación presupuestal, la contratación de obras y la disputa por el relato político de quién lideró mejor la respuesta.