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Con tecnología ayudan a enfermos de lepra en Contratación, Santander

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Foto: Dir Com UIS
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Resumen

Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)
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DirCom UIS

La ciencia ha evolucionado y cada vez es más llevadera la enfermedad. En la Universidad Industrial de Santander, por ejemplo, se creó una plataforma, donde con un celular, los enfermos de lepra (mal de Hansen) y el personal que los atiende pueden llevar un control de la enfermedad.

Se trata de Simatec, una aplicación implementada por el Grupo de Investigación HDSP de la UIS, con la que a través de fotografías se puede saber, de manera inmediata, el estado en que se encuentra la enfermedad y su evolución.

Desde 1961, en Colombia, fueron adoptadas políticas sanitarias de prevención y tolerancia para con los enfermos de lepra, incluso, los lazaretos pasaron a llamarse sanatorios. La eliminación total de la enfermedad (según estándares epidemiológicos, una tasa de menos de un caso por cada diez mil habitantes) se alcanzó en el año 2000, y durante los últimos veinte años se han curado cerca de dieciséis millones de pacientes en todo el planeta.

Sin embargo, las leyendas sobre la lepra que se ‘pasearon’ hasta por las páginas de la Biblia, siguen ‘marcando’ humanidades porque las heridas no cicatrizadas en los codos, las narices, las puntas de los dedos o las llagas en las piernas, todavía son visibles. Ya el cerco está levantado, las monedas ‘coscojas’ no circulan. Pero ellos, los enfermos de lepra, siguen a la espera de que todos, no sólo unos pocos, les den la oportunidad de ser iguales. De hecho, lo son.

Contratación, el pueblo creado por enfermos de lepra

Desde mediados del siglo XVIII y hasta el siglo XX, parte de Santander, en especial la provincia Comunera, se convirtió en un ‘campo de concentración’ para decenas de hombres, mujeres y niños, quienes soportaban las mismas penurias, injusticias y discriminaciones que Lázaro y Simeón. Estas tierras fueron dando una de las historias más desgarradoras de la salud pública en Colombia: la Lepra.

Por mucho tiempo los gobiernos no atacaron la enfermedad sino al paciente. Las cuencas de los ríos Suárez, Opón y Chicamocha se poblaron de seres adoloridos llenos de llagas, condenados a vivir sin cura ni sosiego sintiendo que su humanidad se ‘despedazaba’. Fueron estigmatizados, perseguidos, exiliados y olvidados.

Aquella enfermedad parecía incontrolable, incurable. De aquella ‘desconocida’ cuyo nombre mutó a Hansen, no se salvó siquiera el famoso pianista santandereano Luis A. Calvo, quien entre bambucos y pasillos dio rienda suelta a su creatividad musical mientras la Lepra se expandía por su cuerpo, encerrado en el lazareto de Agua de Dios, Cundinamarca, donde produjo la mayor parte de su obra.

El de Agua de Dios, fundado en 1864, hace parte de uno de los tres lazaretos donde los leprosos fueron exiliados. Uno más, el primero de Suramérica, fue erigido en Caño del Loro, en 1784, en Cartagena; y otro en Contratación, Santander, en 1835. Todas, zonas alejadas, desoladas e inhóspitas que se convertían en territorios de ocultamiento y olvido, rodeadas de montañas, mar o caudalosos ríos, de donde difícilmente se podía huir. Había retenes en los cuatro puntos cardinales para evitar que los enfermos se salieran o que entraran los sanos.

Una vez ingresaban a estas tierras, un guardia ‘armado’ con tijeras cumplía el primer trámite de ingreso.  Las cédulas se las hacían trizas porque apenas traspasaban la cerca alambrada que separaba a los enfermos de los sanos, ya no eran ciudadanos. Eran leprosos. Perdían, incluso, el derecho a votar o heredar. Dejaban atrás a la familia, su historia, su vida, el anhelo de un abrazo.  A cambio eran ‘reseñados’ con un carné en el que, además, llevaban un control de asistencia al tratamiento de la enfermedad.

La marginación era tal que desde 1901 el Ministerio del Tesoro autorizó la circulación de monedas exclusivas para los lazaretos, a las que muchos llamaron ‘coscoja’ o ‘poca cosa’.  Todas ellas con la cruz de Lázaro en una de sus caras y en la otra el valor que para entonces era en centavos.  Esas fichas sólo circulaban dentro de los lazaretos pues el Gobierno buscaba impedir que el dinero usado en los leprosarios saliera de allí, evitando así la propagación de la enfermedad.

“Ya llevo más de 60 años aquí, a Contrata la añoro, Contrata es mi tierra”, dice don Rosendo. La enfermedad dejó estragos en su físico.  Como a muchos en Contratación, le faltan pedacitos: “de este pie me falta un dedo, de este me faltan dos dedos, las manos están chungas pero completas. Yo tuve una rebotada como a los 18 años, parecía un monstruo, las orejas, grandes, manchas y heridas en las piernas, estoy todo cicatrizado (…).   La lepra le daña a uno las manos, la lepra le daña la cara, la lepra acaba con los pies pero la caja del cuerpo permanece buena” … Sin embargo, no acabó con su berraquera santandereana.

Si algo tiene claro don Rosendo es que de lepra nadie muere. “La enfermedad en sí creo que no lo mata a uno, lo incapacita, pero matarlo, no, uno se muere tal vez de otra enfermedad, menos de la lepra”.  Lo vivido lo lleva a hablar con certeza.  No se explica cómo, de los cuatro hermanos, sólo ha muerto el que nació sano. “Éramos cuatro hermanos y estamos vivos los tres a los que nos diagnosticaron el bacilo de Hansen”.

La misma ciencia confirma que el Hansen no se contagia tan fácil, dejando de lado el estigma, ese ‘yugo’ con el que han tenido que cargar los ‘leprosos’; sumisos en el ostracismo epidémico promovido por el estado hasta mediados del siglo XX. A sitios como Contrata, antes que la medicina, llegó la fe. Los enfermos se aferraban a su credo para ser sanados.

El bacteriólogo Olinto Mieles, un egresado de la UIS, ascendiente de enfermos de lepra y quien lleva 34 años al servicio de los enfermos con Hansen en el sanatorio de Contratación, de donde es oriundo, corrobora que no hay porqué mirar con desdén, desconfianza o miedo a un paciente con esta condición.

“El estigma existe hace muchos años, de hecho, es la enfermedad más antigua, desde que nació, en la Biblia ya la estigmatizaban (…) No más aquí mismo en Contratación es difícil tratar de sensibilizar que la transmisión es muy débil.  Es la enfermedad con menos transmisibilidad. De las bacterianas es la que menos transmisibilidad tiene, la padece una de entre 10 mil personas y ese uno tiene que tener unas condiciones: es más, algunas son inmunogenéticas, una predisposición genética que se hereda, no es tan fácil”.

En la actualidad, en Contratación residen unos 250 enfermos de Hansen, 38 de ellos en el Sanatorio E.S.E y 28 en el Laura Vicuña.  Muchos son traídos desde distintas partes del país en jornadas de salud donde participa el doctor Olinto.

En Colombia, hasta finales de 2019, el número de casos en tratamiento era de 177.175.  Y en el mundo la enfermedad registró 140.594 nuevos casos en 2021, último año del que existe información.

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