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Cuando lo que logramos no alcanza

La nota plantea que no basta con lograr metas: el verdadero bienestar nace de vivir con sentido y propósito, priorizando quién queremos ser sobre cuánto acumulamos.

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Por: Carmen Cecilia Orejarena Prada*

Hay momentos en los que miramos todo lo que hemos logrado y, aun así, sentimos que algo nos hace falta. Tenemos metas cumplidas, experiencias, reconocimientos, bienes y una historia construida con esfuerzo. Sin embargo, aparece una pregunta que no siempre nos atrevemos a responder: ¿por qué, si he conseguido tanto, todavía siento que algo falta?

No siempre sabemos responder. Seguimos adelante. Nos proponemos otra meta, buscamos otro reconocimiento, trabajamos más, producimos más, acumulamos más. Y así, casi sin darnos cuenta, podemos pasar años persiguiendo algo que creemos que nos hará sentir completos.

Quizás porque nos enseñaron a construir la vida desde afuera hacia adentro. Nos dijeron que debíamos estudiar para conseguir un buen trabajo, trabajar para alcanzar estabilidad y alcanzar estabilidad para sentirnos realizados. Aprendimos a hacer y a conseguir, pero pocas veces aprendimos a preguntarnos algo esencial: ¿quién quiero ser mientras vivo todo eso?

No necesariamente les falta otro título, otro cargo o más dinero. Puede faltarles sentido. Esa sensación de saber hacia dónde van y, sobre todo, para qué.

Porque hacer mucho no significa necesariamente vivir plenamente. Podemos ser excelentes profesionales, responsables trabajadores, buenos empresarios, cumplir nuestras obligaciones y alcanzar objetivos. Pero nuestra profesión es algo que ejercemos; no es todo lo que somos.

Y cuando convertimos el hacer en nuestra identidad, corremos el riesgo de creer que nuestro valor depende de cuánto producimos, cuánto conseguimos o cuánto reconocimiento recibimos.

Hasta que la vida nos obliga a detenernos. A veces esa pausa llega en forma de cansancio. Otras veces aparece como una crisis, una pérdida, un cambio inesperado o simplemente esa sensación difícil de explicar de que, aunque todo parece estar bien, algo no está bien.

Quizás esas preguntas no llegan para decirnos que hemos fracasado. Quizás llegan para preguntarnos si estamos viviendo desde el lugar correcto.

Durante mucho tiempo hemos pensado: primero tener, después hacer y finalmente ser. Cuando tenga estabilidad, haré lo que quiero. Cuando logre determinada posición, entonces podré sentirme realizado.

Pero ¿y si el orden fuera diferente?

Primero ser. Luego hacer. Después tener. Primero descubrir desde dónde queremos vivir: nuestros valores, aquello que nos mueve, nuestras capacidades y, especialmente, aquello que podemos aportar a los demás. Desde allí elegimos qué hacer. Y de ese hacer surgirán resultados, logros y también prosperidad.

No significa dejar de ambicionar. Significa dejar de confundir los resultados con el propósito.

Porque quizá el propósito no sea encontrar algo extraordinario que hacer, sino encontrar una manera significativa de vivir lo que hacemos.

Al final, la pregunta no debería ser solamente cuánto hemos conseguido, sino qué sentido tiene aquello que estamos construyendo.

Y tal vez estas sean algunas preguntas que todos deberíamos hacernos antes de seguir corriendo detrás de la próxima meta:

¿Estoy construyendo la vida que deseo o simplemente cumpliendo la vida que otros esperaban de mí? ¿Las decisiones que estoy tomando me están acercando a la persona que quiero ser o solamente a la vida que aprendí que debía tener?

Cuando llegue el momento de mirar hacia atrás, ¿quiero recordar todo lo que tuve y todo lo que hice, o quiero sentir que realmente viví? Al final, quizá el verdadero éxito no consista en lograr todo lo que nos propusimos, sino en descubrir que aquello que logramos sí tiene sentido para la vida que elegimos vivir.

Pero solo nosotros podemos decidir si lo que hemos construido realmente vale la vida que hemos invertido en construirlo. Porque hay una diferencia enorme y kilómetros de felicidad entre tener una vida llena y tener una vida plena.

*Educadora empresarial.