De hoteles, economía y soledad

Resumen

La vida moderna convierte a muchos trabajadores en habitantes temporales de aeropuertos y hoteles, debilitando su sensación de pertenencia y aumentando la soledad.

Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)
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by Edgar Muñoz
De hoteles, economía y soledad

La semana pasada escribí desde Houston después de sufrir un robo que, más allá de lo material, me dejó pensando en la fragilidad que acompaña a quien pasa demasiado tiempo lejos de casa. Esta semana, ya cerca del regreso a Colombia, terminé reflexionando sobre otro fenómeno menos evidente, pero quizá más común en la vida moderna: la extraña soledad de los ciudadanos en transito.

Los hoteles de aeropuerto son lugares diseñados para que nadie deje huella. La decoración parece escogida por un comité internacional de personas deprimidas. Alfombras grises. Cuadros abstractos. Huevos revueltos que saben exactamente igual en Panamá o Bogotá. Todo está pensado para que el viajero corporativo permanezca funcional y emocionalmente anestesiado. Después de cierto número de días, algo extraño empieza a ocurrirle a la mente. El ser humano, privado de familiaridad real, comienza a desarrollar pequeñas obsesiones de supervivencia. El café del lobby. La silla específica del desayuno. La caminadora que sí funciona. Igual con la lavadora y secadora. La rutina exacta de desconocidos que uno jamás volverá a ver.

La economía moderna ha creado una nueva especie humana: el pasajero permanente. Personas que viven entre aeropuertos, reuniones, aplicaciones de transporte y habitaciones idénticas donde el aire acondicionado suena como un motor industrial que jamás se apaga. Hombres que pueden explicar indicadores financieros complejos, pero que ya no saben qué hacer consigo mismos un martes a las nueve de la noche en un hotel cerca de una autopista. Por eso las travesías largas producen distorsiones curiosas. Después de dos semanas fuera de casa, una conversación trivial en el gimnasio del hotel puede sentirse más humana que cien correos corporativos. Un desconocido ayudando a abrir una puerta bloqueada puede parecer un acto de heroísmo. Un ascensor dañado puede convertirse en el principal conflicto emocional del día. No porque la gente se vuelva más sensible, sino porque se vuelve más solitaria.

Y ahí aparece uno de los costos invisibles del modelo económico contemporáneo. Hablamos constantemente de inflación, productividad, crecimiento y competitividad, pero rara vez discutimos el efecto psicológico de convertir a millones de personas en habitantes temporales de espacios donde nadie fue diseñado para quedarse. Las ciudades corporativas funcionan. Los negocios y los vuelos también. Pero lo que empieza a fallar lentamente es la capacidad de sentirse presente en la propia vida.

Por eso es que tantos trabajadores modernos terminan refugiados en pantallas con entretenimiento infinito. Yo lo veo todo el tiempo. Simplemente para llenar el silencio artificial de habitaciones donde todo parece transitorio, incluso uno mismo. Y va más allá de lo que es viajar o trabajar. Ni siquiera es la ambición. El problema aparece cuando una persona pasa tanto tiempo sobreviviendo en lugares de paso que empieza a olvidar cómo se siente pertenecer a algún lugar.

Quizás ahí esté una de las paradojas más extrañas de nuestra época. Nunca habíamos tenido tanta facilidad para movernos por el mundo y, al mismo tiempo, nunca había sido tan fácil sentirse extraviado dentro de él. Tal vez el verdadero desafío de la vida moderna no sea únicamente progresar o competir, sino evitar convertirse lentamente en un huésped permanente de la propia existencia.

Por eso, mientras empaco maletas para regresar a Colombia, a mi adorado Santander, vuelvo a recordar una frase que repetía mi difunto padre cada vez que hablábamos del tema: “definitivamente, hijo, la mejor parte de viajar es volver a casa”. Con los años, y después de tantos recorridos, puedo entender que hablaba de la necesidad humana de pertenecer a un lugar, a unas personas y a una vida que se siente propia. Porque después de tantos periplos, uno termina entendiendo que la mejor bienvenida del mundo sigue siendo la voz de un hijo diciendo: ¡papá llegó!

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por Edgar Muñoz
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