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De la energía, la Champions League y la autosuficiencia moral

Resumen

La decisión de Colombia de suspender nuevos contratos de exploración de petróleo y gas, motivada por ideales ambientales, ignora su reducida relevancia global y arriesga la estabilidad energética y fiscal del país mientras otras naciones aumentan su producción.

Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)
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by Edgar Armando Marin
De la energía, la Champions League y la autosuficiencia moral

Mientras el mundo avanza en una transición energética gradual, Colombia decidió asumirla a punta de discursos. Suspender los contratos de nuevas exploraciones de petróleo y gas, como hizo este gobierno, fue un acto de fantasía ideológica. Se hizo bajo la premisa de salvar el planeta, pero con un mercado global que ni se inmutó ante nuestras decisiones. Y lo digo por lo paradójico que es que, mientras en EE. UU., China e India perforan más que nunca, aquí creemos que dejar el crudo bajo tierra nos dará un lugar en el cielo. Esto no es tan mamey, por supuesto, porque los errores cometidos hasta ahora nos llevarán a un apagón.

Colombia produce hoy alrededor de 770 mil barriles diarios de petróleo, de los cuales Ecopetrol aporta cerca de 730 mil. El resto lo producen operadores privados, que completan el modesto volumen nacional. Adicionalmente, al convertir la producción de gas natural a barriles equivalentes de petróleo (boe), la producción de gas sería aproximadamente 172.100 boe diarios. Ahora, compárese eso con Texas que produce casi 6 millones de barriles diarios por sí solo. Es decir, un solo estado norteamericano produce ocho veces más que todo el territorio colombiano. Para que la comparación sea aún más humillante: una sola petrolera como ExxonMobil o Chevron produce un 25% más petróleo que todo el país, y no hablamos de su producción global, sino de lo que sacan del suelo tejano.

Lo chistoso es que desde Bogotá se impulsa la narrativa de que suspender contratos de exploración es una decisión responsable. Como si el mundo dependiera de lo que haga un país que representa menos del 0,5% de la producción global de crudo. Creer que nuestras decisiones en hidrocarburos tienen impacto climático global es como pensar que cambiar el balón en una cancha de barrio altera el reglamento de la Champions League.

Peor aún es la demonización del fracking, otra bandera ideológica convertida en dogma. En Colombia ni siquiera se alcanzaron a ejecutar los proyectos piloto en San Martín, Cesar. Se enterraron por presión política, no por falta de rigor científico. Mientras tanto, más del 60% del petróleo en EE. UU. proviene de yacimientos no convencionales, y no hay evidencia de que Texas se esté desmoronando bajo sus pies. El mito de los terremotos solo sirvió para sepultar la oportunidad de aumentar reservas y garantizar autosuficiencia.

Este tipo de decisiones tienen costos reales. Colombia depende de los ingresos del petróleo para financiar su presupuesto, cubrir gasto social, y sostener la inversión pública en regiones productoras. Suspender exploración es comprometer el futuro fiscal del país. Y cuando el petróleo escasee, no será el sol ni el viento lo que salve las cuentas nacionales. Tampoco los aguacates ni los bocadillos. Nos tocará importar crudo, más caro y con mayor huella ambiental.

La política energética no puede ser un manifiesto ideológico ni un acto de redención moral, aunque hayan puesto a una filosofa a manejar esa cartera. Necesitamos recursos para sostener la economía, pagar la deuda y garantizar la seguridad energética. Créanme que la competencia global no se detiene a aplaudir nuestros gestos.

Colombia no puede seguir tomando decisiones estructurales con base en símbolos, ni renunciar a instrumentos técnicos por convicciones políticas pasajeras. El manejo de este gobierno no nos pone a la vanguardia de la transición energética; nos deja rezagados, desfinanciados y dependientes.

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por Edgar Armando Marin

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