De los multimillonarios, los políticos y el club al que casi nadie entra

Resumen

Las universidades no “crean” millonarios: concentran redes, acceso y conexiones que abren oportunidades con el tiempo.

Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)
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by Edgar Muñoz

Hace unos días circuló un listado de las universidades que han formado a buena parte de los multimillonarios del mundo. El dato es llamativo porque un puñado de instituciones concentra una proporción descomunal de la riqueza global.

La lectura fácil es pensar que esas universidades “producen” riqueza. Que hay algo en sus aulas que convierte a sus estudiantes en magnates. Pero pues…es más complejo.

Más que fábricas de caudal, esas universidades son puntos de encuentro. Lugares donde confluyen redes, capital, idioma, confianza y, sobre todo, acceso. Talento también, obvio. Aunque son espacios donde las probabilidades cambian porque conectan a las personas correctas.  No vengan con el cuento de que enseñan algo distinto. La clave está en las conexiones.

No lo digo desde la teoría. Lo he visto y lo he vivido en lugares tan diferentes como Bali, Perú, Colombia, Ecuador y ahora Texas. Contextos distintos, culturas diversas, reglas de juego que cambian. Pero lo que se repite siempre es que las oportunidades aparecen a través de personas.

Si algo he aprendido es a no desestimar a nadie. Nunca. Uno no sabe quién tiene la “varita mágica”, por decirlo de alguna forma, para empujar una idea, abrir una puerta o cambiar el rumbo de una conversación. Y esa persona casi nunca es la más evidente. Rara vez es el gerente o los mandos altos. A veces es alguien que simplemente conecta sin importar su posición.

El error común es pensar las relaciones en términos de resultados inmediatos: qué puedo obtener de esta reunión, qué negocio puedo cerrar, qué beneficio concreto hay aquí. Esa lógica es corta. Las relaciones valiosas no funcionan así. Se construyen sin urgencia y muchas veces sin intención.

He mantenido vínculos durante años, décadas incluso, sin saber muy bien para qué. Sin calcularlas. Sin verles un retorno inmediato. Y con el tiempo, de forma casi inevitable, esos lazos han terminado generando resultados económicos, oportunidades y caminos que en su momento eran imposibles de anticipar. No es por estrategia fría, sino algo más cercano a una forma de estar en el mundo.

Por eso el discurso meritocrático se queda corto. Lo detesto, de hecho. No basta con ser bueno. No es suficiente con trabajar duro. Tampoco basta con estudiar en el lugar correcto, aunque eso ayude. Lo que realmente marca la diferencia es la capacidad de tejer, sostener y entender relaciones en el tiempo. Ahí es donde se equivocan los políticos colombianos. Pero más los que creen que la universidad es solo para aprender de libros.

Y pienso que el colombiano en general también lo cree, pero olvida que todo es de saber conectar los puntos. No en el momento en que ocurren, porque eso casi nunca es posible, sino después. Cuando uno mira hacia atrás y entiende que esa conversación, ese viaje, ese cigarrillo, esa moneda, ese café, ese contacto aparentemente irrelevante, terminó siendo parte de algo más grande. Lo que hacemos de jóvenes termina definiendo lo que somos como adultos. Nunca de forma lineal, sino como una red que se va tejiendo con el tiempo.

Por eso, más que preguntarnos qué universidades producen millonarios, o cuales a los “mejores intelectuales”, deberíamos mirar quiénes están aprendiendo a construir desde temprano relaciones que perduran. Porque al final, en un mundo que insiste en medirlo todo en resultados inmediatos, la verdadera ventaja sigue siendo saber a quién escuchar, a quién recordar y, sobre todo, a quién no subestimar. Ahí es donde empiezan las historias que luego se cuentan desde lo alto.

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por Edgar Muñoz
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