Del Pulitzer, el arte y el gusto

Resumen

La fotografía de calle conserva memorias cotidianas y, para el autor, el arte pierde fuerza cuando se vuelve producto masivo.

Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)
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by Edgar Muñoz

 

Pocos saben que soy fanático de la fotografía. Tengo épocas en las que no puedo salir de mi casa sin una cámara, porque entiendo que en cualquier momento puede pasar algo grande que pueda grabar en un instante espectacular. No me refiero a que encontraré a la ganadora del Pulitzer Prize o a la foto del año en National Geographic. Y aunque me gusta la fotografía de paisaje y la nocturna, mi preferida es la de calle.

 

Edgar Julián Muñoz González - Columnista/EL FRENTE

Hay algo al fotografiar la calle que me hace sentir importante. Grabar momentos cotidianos de las personas, en diferentes culturas, me dice que estoy guardando algo que pocos valoran. En el futuro, cuando la moda y las tendencias cambien tanto, quedará registro de lo que alguna vez fue el comportamiento cotidiano de distintas sociedades, y podremos seguir con la desgastada afirmación de que “todo tiempo pasado fue mejor”.

Pero soy consciente de mis limitaciones y, por eso, lo hago para mí. Porque no me interesa la fama ni pienso desgastarme buscando reconocimientos. Tengo fotos de la calle en distintos lugares del mundo, incluso en zonas donde conservar la foto ya es una ganancia, porque la probabilidad de perderla era muy alta, si se entiende el punto. Lugares donde sacar una cámara podría ser mortal. Y por eso, cuando las vuelvo a observar, las hace más valiosas que nada. Para mí, obviamente.

Yo admiro a muchos fotógrafos, y tengo libros de todos ellos: Elliott Erwitt, Henri Cartier-Bresson, Robert Frank, Abbas Attar. Fotorreporteros de guerra como Robert Capa, Gerda Taro, Lee Miller o Eugene Smith. Libros de LIFE, de MAGNUM. También al “Bang Bang Club”, con Kevin Carter, João Silva y Greg Marinovich.

Todos tienen fotos memorables que, cuando uno repasa sus obras, es imposible no sentirse parte del momento: de la angustia, la tragedia, la cordialidad. Sergio Larraín, con los niños de Valparaíso o su lente en Londres, te agarra tan fuerte que debilita la manera en que vemos al prójimo, las comodidades y el trabajo.

No creo que el arte deba ser popular. Cuando se vuelve masivo, deja de ser una mirada y se convierte en un producto hecho para gustar, no para mostrar. El que quiera sentir algo tiene que salir a buscarlo y no esperar que le llegue en un mensaje de Instagram o Facebook.

Los que se hacen llamar artistas —ya sean escritores, pintores, fotógrafos o músicos— justifican su éxito en las ventas porque asumen que, a más ventas, más almas tocan, más almas salvan. Pero ese sofisma se cae por la sencilla razón de que aquel que sigue o admira no lo hace siempre por respeto, sino como espejo de lo que añora que sea su vida.

La creación de contenido es una forma de arte, solo que, al monetizarlo y ajustarlo para agradar, se vuelve producto. Y en esto quiero ser claro: como se ve en 8 Mile, la película de Eminem, no se puede ser pandillero si no se viene desde abajo; pues no se puede ser artista si no se vive desde las entrañas de la podredumbre humana.

Para terminar, quiero recordar la canción de Manic Street Preachers llamada “Kevin Carter”, porque no perdona ni al fotógrafo ni al espectador, ni al mundo que celebra la imagen de la niña con el buitre al lado, ni al público que aplaude la tragedia.

El arte verdadero no busca masividad porque lo corrompe. Y cuando el arte se vuelve producto, pasa lo mismo que en la política. Por eso atesoramos a los líderes que tenemos: presidentes y candidatos que nos endulzan el oído con la paz, la salud y la educación, pero que, a escondidas, celebran la guerra liberando terroristas, añoran el hambre robando recursos para los niños y abandonan a los enfermos destruyendo el sistema de salud.

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por Edgar Muñoz
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