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El oportunismo de Sergio Fajardo y la desesperación de Paloma Valencia, el capítulo de una café agrio

Paloma Valencia intenta acercarse al centro político y a Sergio Fajardo ante el avance de Abelardo de la Espriella y la presión de las encuestas.

El oportunismo de Sergio Fajardo y la desesperación de Paloma Valencia, el capítulo de una café agrio
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El café todavía no se servía y ya parecía una escena de supervivencia electoral. Mientras las encuestas muestran el ascenso de Abelardo de la Espriella hacia una eventual segunda vuelta frente a Iván Cepeda, la campaña de Paloma Valencia entró en una carrera contrarreloj para pescar votos en un electorado que históricamente le ha sido esquivo: el centro político.

Por eso la invitación pública a Sergio Fajardo no fue un gesto espontáneo de cordialidad democrática ni una postal de reconciliación nacional con aroma a tinto costeño. Fue, sobre todo, una maniobra política nacida de la presión que dejaron las últimas encuestas de Invamer y Guarumo, donde la candidata del uribismo aparece rezagada frente al crecimiento de De la Espriella.

La fotografía del momento electoral es incómoda para el Centro Democrático. Durante meses, Paloma Valencia intentó consolidarse como la heredera natural del voto antipetrista tradicional. Sin embargo, el fenómeno de Abelardo de la Espriella empezó a alterar el tablero. El abogado barranquillero no solo logró capturar sectores de derecha dura, sino que además convirtió su estilo confrontacional y mediático en una especie de imán para parte del electorado indignado que antes orbitaba alrededor del uribismo clásico.

En ese escenario, la campaña de Valencia comenzó a mirar hacia otro lado: los votantes moderados que todavía acompañan a Sergio Fajardo, Claudia López y antiguos sectores de centro que rechazan tanto al petrismo como a las figuras más estridentes de la derecha.

La apuesta no parece casual. Desde la llegada de Juan Daniel Oviedo como fórmula vicepresidencial, la campaña de Paloma empezó a suavizar parte de su discurso, intentando construir una imagen menos ideológica y más gerencial. La estrategia buscaba ampliar la frontera electoral del uribismo tradicional, pero también esconder una preocupación creciente: el temor de quedarse sin espacio entre un petrismo sólido y una derecha populista en expansión.

Por eso el “cafecito” con Fajardo terminó convertido en un episodio político nacional. La respuesta del exgobernador antioqueño fue calculada al milímetro. Aceptó la invitación, sí, pero impuso condiciones que dejaron claro quién necesitaba más a quién.

“Que sea una conversación pública, que toda Colombia pueda escuchar”, respondió Fajardo desde Barranquilla, transformando lo que pretendía ser un acercamiento político en una especie de debate pedagógico televisado.

La escena tuvo algo de clase universitaria y algo de examen oral. Fajardo no solo aceptó el encuentro, sino que aprovechó para reforzar su narrativa histórica: la del político moderado que se presenta como antídoto frente a la polarización asociada a los nombres de Gustavo Petro y Álvaro Uribe Vélez.

“Le explicaré por qué Colombia necesita un cambio serio y seguro”, dijo Fajardo, utilizando otra vez su tono de profesor de matemáticas de la política nacional, un libreto que conserva desde hace más de una década.

La reacción de Paloma Valencia dejó ver el afán de su campaña. Apenas terminó el pronunciamiento de Fajardo, la candidata intentó llamarlo en repetidas ocasiones frente a cámaras y periodistas para concretar la reunión. El detalle no pasó desapercibido: Fajardo no respondió.

Más que una anécdota de celular, el momento terminó simbolizando el desequilibrio político entre ambos. Mientras Valencia necesitaba transmitir sensación de alianza y amplitud, Fajardo buscaba demostrar independencia y superioridad moral frente a una derecha que históricamente ha cuestionado.

La reunión finalmente se concretó en el tradicional Hotel El Prado, pero el trasfondo político seguía siendo evidente. Paloma Valencia parece haber llegado a la conclusión de que, sin una porción importante del voto fajardista, sus posibilidades de alcanzar la segunda vuelta son cada vez más reducidas.

Y en esa pelea, Valencia parece haber concluido que necesita algo más que el voto duro del Centro Democrático. Necesita parecer menos uribista sin dejar de serlo, más moderada sin perder a la derecha y más cercana al centro sin espantar a su electorado tradicional. Un equilibrio complejo, casi de funambulista electoral caminando sobre una cuerda cada vez más delgada.

Por ahora, el café ya se tomó. Pero la gran pregunta sigue intacta: si Sergio Fajardo realmente tiene los votos que Paloma Valencia cree necesitar… o si la campaña simplemente está buscando, entre sorbos y cámaras, una tabla de salvación frente al ascenso de Abelardo de la Espriella.